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No cabe un gobierno militar en Venezuela después de Chávez, por mucho que se especule

Sonia Alda

   miércoles, 02 de mayo de 2012

Son muchas, y cada vez más insistentes, las opiniones respecto al desenlace de los acontecimientos en Venezuela en caso de fallecimiento de Hugo Chávez. La opinión del ex secretario de Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Roger Noriega, ha logrado atizar aún más, si cabe, las especulaciones. Aunque sin ninguna prueba, Noriega afirma que la cúpula militar se prepara para tomar el poder si Hugo Chávez fallece, pues están empeñados en permanecer a cualquier precio en el poder: "En mi estimación, la muerte inminente del caudillo podría colocar al país en el sendero del colapso social y político. La cúpula militar instalada por Chávez, en enero, ya se está comportando como un régimen de facto determinado en preservar el poder a toda costa".

En mi caso, no puedo afirmar lo contrario porque, como Noriega, carezco de pruebas para demostrarlo, pero me pregunto si hoy día es posible, más allá de los planes que tenga esta cúpula militar, que se pueda dar una situación semejante en América Latina.

Hay muchos factores en las peculiares FAS bolivarianas que podrían hacer pensar en la posibilidad de ese gobierno militar después de Chávez. Este es un ejército con mucho poder efectivo y, además, muy politizado en los principios del socialismo chavista. En relación al poder y a la autonomía corporativa de la que disfrutan, se deben, además de la ya heredada, por la extraordinaria importancia que el presidente otorgó a las FAS, en tanto agente revolucionario, a partir de 1999. Las numerosas misiones que se le asignan le proporcionan un poder considerable y una extraordinaria presencia social. Aspectos que redundan en su autonomía corporativa, que no política.

Chávez entiende que las FAS deben estar sometidas al poder político. Si este principio, a priori, es un mecanismo de control civil, en realidad en este caso ha significado un medio de control personal y no institucional. Esta dominación personal le ha permitido recurrir a determinados mecanismos para asegurarse un ejército antiimperialista, socialista y chavista. La depuración de los opositores y la promoción de sus seguidores, en el interior de la institución, ha sido un elemento fundamental al que habría que sumar la sustancial mejora en el nivel de vida de los militares. Otra forma de garantizar esta adhesión al presidente ha sido un sistemático proceso de politización no disimulado sino abierto y público, ya que en la medida que las FANB han sido un agente revolucionario fundamental, debían estar imbuidas y adscritas al socialismo chavista.

Por ello todo ello, aunque no cabe duda que existe un considerable número de militares tanto retirados como en activo, que no comparten el adoctrinamiento ideológico impuesto al ejército, todo indica que éste se mantiene mayoritariamente fiel al presidente Chávez. Esta politización es la que permite al general Henry Rangel Silva, ministro de Defensa, afirmar abiertamente que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) es chavista porque "están dadas" al presidente de la República.

Pero esta adhesión militar al chavismo no necesariamente garantiza la posibilidad de su continuidad sin Chávez y mucho menos mediante un gobierno militar. Ciertamente, a partir de las transiciones democráticas ha tenido lugar una importante transformación en América Latina en el ámbito de las relaciones civiles-militares. La subordinación militar al poder civil es un hecho, y en la actualidad es impensable la posibilidad de un golpe de estado militar. El golpe de estado militar perpetrado, en Honduras, en junio de 2009, no necesariamente contradice esta afirmación. Pese a los temores de algunos observadores sobre una posible vuelta al pasado, donde estas actuaciones eran más la norma que la excepción, todo indica que este caso es, aunque lamentable, una excepción. En realidad, lo ocurrido en Honduras no revela tanto la ambición de los militares latinoamericanos de volver al poder, como los problemas pendientes que mediatizan las relaciones civiles-militares.

Si bien en distinto grado y con importantes diferencias según los casos, en términos generales los militares han conservado, aún después de las transiciones democráticas, amplios espacios de autonomía funcional y corporativa. Muy posiblemente todo ello sea consecuencia de la manera en que se operó la transición en América Latina, ya que la vuelta de los militares a los cuarteles se logró, en muchos países, a cambio de la concesión de determinados privilegios y de espacios propios de gestión. El resultado ha sido limitado pues, si bien con ello se logró que desapareciera la amenaza de golpe de estado, no ha logrado consolidarse el liderazgo civil. Éstas son indudables limitaciones pero, como se ha dicho, cuanto menos garantizan la inexistencia de golpes de estado. Según lo dicho, alguien podría pensar que las circunstancias particulares del ejército venezolano, respecto al resto de la región, si hacen posible un gobierno militar, pues su particular poder, privilegios y su politización, superan con creces la autonomía corporativa que pueden disfrutar en mayor o menor medida el resto de los ejércitos de la región.

Sin embargo, posiblemente ni estos factores, aunque importantes sean suficientes. En primer lugar, porque no es posible continuar el chavismo sin Chávez y menos aún justificar una dictadura militar para lograrlo. La sociedad venezolana no lo aceptaría, ni los chavistas, porque ni el propio Chávez ha impuesto una dictadura militar para gobernar y desde luego tampoco los antichavistas, por razones obvias. En cuanto a la oposición democrática, el mero hecho de una dictadura le produce la misma repugnancia y rechazo que al resto de la comunidad internacional, en general, y latinoamericana en particular. Si Chávez muere, muere con el chavismo y cualquier proyecto militar para darle continuidad.

*Sonia Alda es Doctora en Historia por la UAM y profesora en el IUGM

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