Pocas veces una elecciones nacionales y presidenciales como las colombianas, que han ratificado por abrumadora mayoría en la segunda vuelta lo que había sucedido en la primera, han tenido repercusión regional tan manifiesta. La aplastante victoria de Juan Manuel Santos, hasta ahora ministro de Defensa y continuador de la política de Álvaro Uribe, es suceso mayor en la política iberoamericana. Se trata por tanto de repercusión no sólo manifiesta, sino también centrada en los términos de la opción de libertades y seguridad frente a las evanescencias totalitarias de la actual Venezuela, envueltas en los más varios ropajes y subterfugios pseudopatrióticos.
Los cumplidos mandatos del presidente Álvaro Uribe fueron antítesis -acompañada a veces de confrontación- de lo sucedido en la vecina Venezuela. Igual en sus componentes formales que en los respectivos contenidos materiales, de práctica política. Lo de Colombia ha sido una apuesta por la seguridad nacional, como coraza de las libertades políticas y la economía de mercado, mientras que el chavismo, como no podía ser de otro modo, se ha resuelto en una progresión acelerada hacia el totalitarismo comunista en su expreión antillana. Que es camino de regreso a lo que propuso el guerrillerismo marxista venezolano en el pasado, durante los años 60 y 70, con sus vínculos de dependencia de la Unión Soviética.
Son dos puntos de partida, el colombiano y el venezolano, los que difieren totalmente entre si. Y difieren no sólo por su entendimiento diametralmente opuesto en el asunto del narcoterrorismo de las Farc; que históricamente estuvo vinculado con el género pro-soviético de subversión: exponente de la Guerra Fría en aquel espacio hemisférico, y que tuvo en el llamado "bogotazo" de 1948 su disparo de salida. También en lo que respecta a los modelos de sociedad y al papel del Estado, están asimismo enfrentados los Gobiernos de Bogotá y Caracas.
Acaso porque por impronta hispánica no podría ser de otro modo, una y otra referencia política, de nítida expresión bipolar, vienen expresadas en términos de fulanismo. De la política de Álvaro Uribe, muy claramente definida, viene ese "uribismo" que ha dado su apoyo al presidente electo Juan Manuel Santos. Y de la política perpetuada en Venezuela a través de un cambio constitucional que permitió reelecciones añadidas de Hugo Chávez, procede el chavismo. Son los referentes de dos políticas opuestas por el vértice, cuyo enfrentamiento ha venido a enervar la elección poco menos que clamorosa de Santos (el 69 por ciento de los sufragios en la segunda vuelta celebrada el domingo).
No sólo es Santos el continuador de la política de Uribe. Fue como ministro de Defensa quien ha ejecutado la derrota de las Farc, llevándose por delante al jefe efectivo de éstas, "Raúl Reyes", al ordenar que se destruyera el campamento que éstas tenían montado desde hacía mucho tiempo en territorio ecuatoriano.
Nadie tendrá que instruirle al presidente electo sobre cómo ha instrumentarse el uribismo y desplegar la continuidad en la política contra las Farc, en particular, y en las réplicas globales al chavismo, cada vez que el caudillo bolivariano esgrima la conflictividad con Colombia en su progresión totalitaria hacia el castrismo comunista o hacia el comunismo castrista. Tanto da. Las mayorías colombianas han votado por la firmeza.

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