La ya próxima inauguración de la nueva sesión de la Asamblea General de la ONU debería obligar a los principales actores de la comunidad internacional a ocuparse, aparte de cuestiones como Afganistán, el programa nuclear iraní, el plan del Presidente Barack H. Obama para Oriente Medio o la inquietante reducción del hielo del Ártico, de uno de los escenarios más frustrantes que evidencian su fracaso a la hora de aportar soluciones: Somalia.
La violencia se ha hecho endémica desde la desaparición de Siad Barre en 1991 y la ONU y la Unión Africana (UA) son puestas en entredicho cada día. El 17 de agosto eran atacadas instalaciones del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU y el 21 una veintena de personas morían en el ataque contra el Cuartel General de la Misión de la Unión Africana (AMISON) en Mogadiscio. Finalmente, dos suicidas del grupo yihadista salafista Al Shabab atacaban otra vez dicho Cuartel General el 17 de septiembre y mataban a cinco militares burundeses, entre ellos al General Juvenal Niyoyunguruza, Segundo Jefe de la AMISON, y a otras once personas. El objetivo es lograr lo que Osama Bin Laden ha exigido en diversas ocasiones: el fin de la presencia enemiga del Islam. Las fuerzas etíopes, presentes desde fines de 2006 para expulsar del poder a los yihadistas de la Unión de Tribunales Islámicos (UTI), hubieron de abandonarlo el pasado enero.
Ahora, el mensaje de Bin Laden emitido pocas horas después del aniversario del 11-S no hablaba de Somalia aunque su invitación a acudir allí para expulsar a los extranjeros que apoyan al Gobierno Federal de Transición, hoy dirigido por el ex-dirigente de la UTI Sheikh Sharif Ahmed Sheikh, ha tenido seguidores. Un suicida estadounidense de origen somalí ya ha muerto matando en Somalia, y EEUU y Australia han desmantelado este verano células que enviaban terroristas. El pasado 14 de septiembre helicópteros estadounidenses mataron a cuatro miembros de Al Shabab en la región somalí de Barawe, entre ellos al comorense Salé Alí Salé Naban, uno de los responsables de los atentados contra las Embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, que provocaron 240 muertos en 1998, así como de un ataque contra un avión israelí en Mombasa en 2002. En mayo de 2008 aviones estadounidenses mataban al líder de Al Shabab, Aden Hashi Ayro.
El caos en tierra proyecta también caos en la mar donde la piratería actúa desde los casi 3.000 kilómetros de costa, obligando a uno de los mayores despliegues navales de los últimos lustros. Ahí también la comunidad internacional es puesta en entredicho y tras el fin del mando rotatorio de la 'Operación Atalanta' España hacía balance de sus cuatro meses de responsabilidad destacando que se ha logrado reducir la amenaza aunque esta perdura, siguen los ataques y el pago de rescates. Tres intentos de asalto contra atuneros españoles en la primera semana de septiembre lo confirman y los yihadistas se aprovechan de este negocio como los talibán afganos lo hacen con la droga.

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