Ni dictadura ni democracia liberal, lo que se ha instaurado en Rusia es una tandemocracia. Es decir, una bicefalia en la que dos dirigentes se reparten el poder ejecutivo -Presidencia y Gobierno- con el fin de garantizar los intereses de la burocracia gobernante. Eso sí, la bicefalia es imperfecta, ya que la influencia de Vladímir Putin es mucho mayor que la de su fiel escudero, Dmitri Medvédev.
Putin, el demiurgo del moderno Estado ruso, dirigió en solitario los destinos de Rusia entre 2000 y 2008. No obstante, se vio obligado a dejar el Kremlin, ya que la Constitución acuñada por Borís Yeltsin tras la caída de la URSS impide ejercer más de dos mandatos presidenciales consecutivos. Entonces, ideó un enroque por el que cedió durante cuatro años la jefatura del Kremlin a Medvédev, que le juró lealtad eterna al más puro estilo de los clanes mafiosos.
Algunos ingenuos pensaron que el joven abogado con vitola de liberal reformaría la vertical de poder, una suerte de conducto reglamentario militar en el que todo se decide en las más altas instancias del poder. En cambio, Medvédev ordenó la primera intervención militar rusa en el exterior desde 1991 (Osetia del Sur, agosto de 2008) y ralentizó las reformas hasta que las mayores protestas antigubernamentales en veinte años le obligaron a introducir tímidos cambios como la nueva ley de partidos y la engañosa restitución de la elección directa de los gobernadores.
Ahora, cuatro años después, Putin es de nuevo presidente, cargo que, merced a la reforma constitucional introducida por Medvédev, podría ostentar hasta 2024. "Ya es hora de que todos se relajen, esto va para largo", dijo Medvédev. El nuevo primer ministro ruso mantiene que las decisiones no las tomará sólo Putin, sino dos o más personas. Ese modelo de toma de decisiones colegial sería una réplica del existente actualmente en China, aún teóricamente comunista y antidemocrática. No obstante, esto no es exacto, ya que, según todos los analistas, el Gobierno de Medvédev será eminentemente tecnocrático y políticamente débil, y que la última palabra en las decisiones estratégicas la tendrá siempre Putin.
A la hora de justificar sus planes de perpetuarse en el poder, Putin insiste en que la estabilidad conquistada tras los caóticos años 90 es aún muy frágil y que un paso en falso podría echar al garete todo el trabajo. Putin enarbola amenazas como el terrorismo, el separatismo y la expansión de la OTAN, y asegura que existen grupos financiados por Occidente que no desean que Rusia sea un país independiente.
Aunque esas teorías conspirativas son un poco obsoletas, no le ha costado mucho convencer a los rusos, como se pudo ver en las elecciones presidenciales de marzo. El pueblo ruso sigue dispuesto a mantenerse fiel al contrato social firmado con Putin -bienestar económico a cambio de democracia dirigida-, aunque con salvedades. Las exigencias son cada vez mayores y el tándem tendrá que echar lastre y sacrificar algunas piezas.
Por lo visto, Medvédev es el que jugará ese papel de intermediario entre el intocable jefe del Estado y el pueblo. Las protestas han amainado, pero el ánimo contestatario ha cuajado en las nuevas generaciones de urbanitas, que desconfían de las tendencias autoritarias de Putin. Por eso, el tándem no puede ignorar las demandas populares, aunque se centre en satisfacer sus necesidades económicas.
Ahí radica precisamente la debilidad del sistema, ya que entre el costosísimo programa de rearme y las promesas sociales pondrán en peligro el equilibrio presupuestario, el nudo gordiano de la estabilidad rusa. Llegado el momento, en caso de una nueva ola de crisis financiera, el régimen ruso tendría que elegir y el pueblo sufriría en carnes propias las deficiencias de un modelo económico de capitalismo de estado en el que no hay cabida para las pequeñas y medianas empresas.
En materia de política exterior, las consignas son integración, con los países de la comunidad postsoviética en lo que ya es conocido como Unión Euroasiática, y asociación con las potencias que defienden un mundo multipolar (China, Brasil, India, etc.). Putin es consciente de que Rusia no es capaz por sí misma de hacer frente a las amenazas de nuevo cuño, por lo que apostará por integrarse con sus vecinos y aliarse con los que se oponen a la política intervencionista occidental.
Para ello, Rusia necesita unas Fuerzas Armadas modernas, en lo que se gastará unos 700.000 millones de dólares hasta 2020. El objetivo es mantener la paridad estratégica con Estados Unidos a través de la tríada nuclear (submarinos atómicos, aviación estratégica y misiles intercontinentales) y poner en pie un Ejército moderno al estilo de unas fuerzas de reacción rápida capaces de golpear en cualquier momento y lugar de la región euroasiática.
Medvédev dice que es humillante decir que el pueblo ruso no merece ser libre. No obstante, ese es el origen de la tandemocracia. La incapacidad e imposibilidad de los rusos de participar directa o indirectamente en la toma de decisiones, desde las más simples a las más complejas.
Aunque la oposición sea débil, en los últimos meses la sociedad rusa ha demostrado que sopla a favor de los vientos de cambio. Putin ya no puede comportarse como el salvador de la patria rusa, puesto que ésta ya no corre peligro, y tampoco podrá centrarse exclusivamente en elevar el nivel de vida de sus compatriotas. Si el tándem no apuesta por la modernización del estado y la liberalización de la sociedad, podría llevarse una desagradable sorpresa.
* Óscar Gantes es periodista
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