Viajar por Túnez hoy deja un sabor agridulce. Los escenarios de lo que los tunecinos llaman "la Revolución del Jazmín", o simplemente, "la Revolución del 14 de enero", están aún plagados de "Humvees" donados por EEUU a las Fuerzas Armadas tunecinas y de corrillos estratégicamente situados de policías de uniforme y de paisano por doquier. El Gobierno acaba de prorrogar hasta el 31 de julio el estado de emergencia impuesto a principios de enero de 2011, en plenas revueltas, y ello para permitir legalmente que los militares estén presentes apoyando a los policías para hacer frente a riesgos y amenazas reales y potenciales.
¿Hay violencia y amenaza terrorista en Túnez?
Garantizar la seguridad es fundamental en un país que ha vivido episodios aislados de violencia armada y que tiene en su frontera con Libia un quebradero de cabeza permanente. Allí, dos milicias libias hacen del límite con Túnez un territorio sin ley, o mejor dicho, obligan a militares y a policías tunecinos a esforzarse a diario para asegurar el territorio y proteger a su población. Tampoco hay que descuidar la frontera con Argelia, pues los yihadistas tunecinos se han entrenado tradicionalmente con elementos de Al Qaeda en las Tierras del Magreb Islámico (AQMI) en territorio del gigante magrebí.
A la violencia armada de los yihadistas salafistas se añade la de los que son conocidos como salafistas a secas - del Hizb ut Tahrir (Partido de la Liberación Islámica) y de otros grupos - y que serían los islamistas radicales que ejercen la violencia, pero hoy por hoy sin armas. Son los que actúan en las universidades, frente a sedes de televisiones o de ministerios y en otros lugares públicos.
Los salafistas están ahí para coaccionar al sector abierto y modernizante de la sociedad, para ejercer presión desde el extremo a la ahora gubernamental EnNahda - los islamistas "moderados" - y para rivalizar con esta última formación en absorber los jugosos fondos procedentes de países del Golfo como Qatar y Arabia Saudí. Estos sirven para propiciar el uso de niqabs y burkas (400 dinares mensuales, el sueldo de muchos, por portar este último) y para consolidar, en suma, la islamización en la mala dirección del país. Por supuesto que muchos dudan, dentro y fuera de Túnez, de la voluntad de EnNahda para frenar dicha deriva y todo el mundo tiene claro que los compañeros de coalición de EnNahda en el Ejecutivo - los republicanos de Moncef Marzouki y los socialdemócratas del Ettakatol de Mustafá Ben Jaafar - están ahí de adorno, legitimando un proceso en el que los hombres del primer ministro Hammadi Jebali y de su mentor Rachid Ghannouchi hacen y deshacen a su antojo.
Recordemos que, si en Marruecos el Partido para la Justicia y el Desarrollo (PJD) es dinámico en iniciativas y también existe un islamismo más radicalizado fuera del juego político-institucional, en Túnez, a diferencia de nuestro vecino, no existe un muro de contención como es el Rey Mohamed VI.
Parálisis política y bloqueo económico y social
Marzouki y Ben Jaafar, ambos médicos, viven enfrascados en una actividad viva pero en buena medida irrelevante. El primero ejerce como jefe de Estado y, entre otras cosas, recupera el discurso llamando al fortalecimiento de la Unión del Magreb Árabe (UMA), una referencia recurrente desde 1989 pero que está cada vez más lejana ante la deteriorada situación libia, el bloqueo del conflicto del Sáhara Occidental y las prioridades nacionales en Argelia y Marruecos. En cuanto a Ben Jaafar, está absorbido moderando agotadoras sesiones en la Asamblea Constituyente, órgano que, en lugar de estar redactando la nueva Constitución, lleva meses enfrascado en una farragosa discusión para sacar adelante la Ley Financiera Complementaria.
Su aprobación es vital, y la lentitud en su aprobación preocupa porque muchos se preguntan cómo va a poder seguir funcionando el Estado sin ella, y ello en un país en el que, según fuentes oficiales, hay un 24% de pobreza y un 19% de paro. Además, mientras todo esto ocurre, EnNahda nombra alcaldes y gobernadores provinciales con la excusa de que hay que gobernar, pero saltándose a la vez los procedimientos democráticos (elecciones, control parlamentario por parte de un órgano que en cualquier caso no es tal) que dice respetar y defender. Vemos de nuevo aquí la estrategia islamista de ir laminando poco a poco el Estado que cae en sus manos, desde sectores más accesibles y menos visibles, como la educación o la sanidad, hasta llegar al ejercicio directo del poder y al control, a ser posible, de los ministerios "de soberanía" (Interior, Justicia, Asuntos Exteriores, etc).
El país vive así en una ficción política y social y en un cada vez más evidente erial de seguridad. Los expertos afirman que esta última se está manteniendo, en buena medida porque las herramientas más importantes (servicios de inteligencia y de información, Fuerzas Armadas y sectores clave de las Fuerzas de Seguridad) habrían quedado al margen del desmantelamiento del régimen de Zine El Abidine Ben Alí, pero lo que hay que preguntarse es por cuánto tiempo esto va a seguir así, máxime si la gestión desde el Ejecutivo de dominio islamista sigue despertando dudas. Mientras tanto Túnez vive hoy con irritación las instrucciones dadas por el Consejo Israelí de Seguridad Nacional, desaconsejando a los judíos acudir a la Peregrinación de la Fiesta de Lag Ba Omer, que tendrá como escenario la Sinagoga de La Ghriba, en Jerba el 9 y 10 de mayo.
Las autoridades tunecinas, fervorosamente antiisraelíes tanto ahora como en la época de Ben Alí, están criticando con saña esta mala propaganda, tanto por venir de quien viene como por el flaco favor que hace a la imagen del país. Túnez presume de su Revolución, y airea los esfuerzos de normalización reflejados, por ejemplo, en el cierre progresivo de la página que tiene que ver con aquella: acaba de hacerse pública la cifra de 388 muertos durante la Revolución y el Tribunal Militar de Sfax condenaba el 1 de mayo a dos acusados a 20 años de prisión por participar en la represión.
Las muchas delegaciones del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), de la Unión Europea (UE) o de la Unión Africana (UA) que peregrinan a Túnez, acuden con sus fórmulas mágicas para la transición democrática y para el desarrollo económico y social. El presidente de la Comisión de la UA, Jean Ping, pronunciaba un emblemático discurso en la capital el 30 de abril con consejos para asentar el buen gobierno, y expertos occidentales y no occidentales acuden para instruir sobre la Reforma del Sector de la Seguridad, algo que se quiere trasladar de los manuales al terreno.
El problema es que este está trufado de preocupantes políticas islamistas (para EnNahda es más urgente islamizar la economía introduciendo las finanzas islámicas, que eran de tan sólo el 2,2% en 2010, que frenar a los radicales), de un progresivo deterioro de la seguridad en clave nacional (la amenaza de los radicales pero también de la delincuencia en un país eminentemente turístico, la progresiva pérdida de respeto a las fuerzas de seguridad y al resto de instituciones del Estado, la proliferación de sindicatos para canalizar las inacabables protestas, las sentadas y huelgas de hambre antes los ministerios, etc) y regional (la situación en Libia) y de la excesiva confianza de Occidente, y esto es muy peligroso, en este pequeño y hermoso país norteafricano al que se quiere seguir viendo con ojos amables, exactamente igual que lo que se hacía en la época del ahora tan vilipendiado Ben Alí.
* Carlos Echeverría es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid
Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED
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