Los atentados del 11 de septiembre de 2001 llevaron al inicio de una guerra contra el terror, para unos, o a un mayor esfuerzo antiterrorista, para otros, global y con frentes militares y no militares sobre cuyo estado cabe preguntarse hoy.
Aunque algunos de sus líderes han muerto o están detenidos y no se han producido atentados de aquella envergadura desde entonces - aunque Bali, Mumbai, Madrid, Londres, Argel y otras ciudades han sufrido macroataques nada desdeñables - es preciso inventariar algunos logros de Al Qaida que se añaden a su incansable fijación por extender su ideología radical a través de los muchos medios que la globalización permite.
Por un lado ha llevado a buena parte del mundo a una guerra, la de Afganistán, en la que potencias varias y la propia OTAN se enfrentan a serias dificultades, entre ellas la falta de una visión clara de lo que se pretende conseguir. Mientras, la red explota las contradicciones internas de Pakistán, única potencia nuclear musulmana, y trata de hacer fracasar el proceso de paz iniciado por el mismo con India.
En Irak Al Qaida trata de hacer fracasar la normalización aunque ya no con la contundencia de hace unos años. En cualquier caso seguirá tratando de obstaculizar el proceso, entre otras cosas animando los enfrentamientos entre suníes y shiíes que también alimenta en Pakistán.
Junto a estos frentes centrales, el esfuerzo de Osama Bin Laden por mundializar su empresa terrorista aprovecha la dispersión de elementos de la red agudizada desde el otoño de 2001 para actuar en escenarios donde islamistas radicales en general ya golpeaban desde tiempo atrás pero que ahora, con el impulso que Al Qaida procura, se han dinamizado. En África, el Magreb, el Sahel y el Cuerno la violencia perdura o incluso crece, desde Argelia y Mauritania hasta Nigeria y Somalia. En este último nos encontramos de nuevo a la Comunidad Internacional en una situación comprometida, incapaz de atajar el crecimiento de una violencia que alimenta y alimentará fenómenos adicionales como la piratería. Además, al otro lado del Golfo de Adén, el activismo de Al Qaida en Yemen y en Arabia Saudí crece.
En Europa, los atentados de Madrid, en 2004, y Londres, en 2005 y 2007, deben de añadirse a otros afortunadamente frustrados y al creciente número de ataques contra ciudadanos e intereses europeos fuera del continente. Incluso en Oriente Próximo, donde de forma recurrente vuelve a hablarse de paz, Al Qaida rivaliza con los terroristas de Hamas en Gaza o da signos de vida en el complejo escenario libanés. Hacia el norte, y tras haber golpeado con saña a Turquía en este tiempo redinamiza hoy el terrorismo en castigados escenarios rusos como Chechenia, Daguestán o Ingushetia.
Dispersión, ubicuidad y gran determinación son pues las características de una red para la que el 11-S no es sino un hito más en su devenir terrorista.