Ha sido llegar y triunfar. El presidente electo ruso, Vladímir Putin, ha logrado aplacar en un visto y no visto las ansias intervencionistas occidentales en Siria. Su empecinamiento ha desanimado al mismísimo Estados Unidos. Putin no sólo ha ordenado vetar todos los proyectos de resolución en el Consejo de Seguridad que allanaban el camino para la injerencia exterior en el país árabe, sino que abortó cualquier tercera vía, como el Grupo de Amigos de Siria. El propio enviado especial a la zona, Kofi Annan, viajó el domingo a Rusia en busca del visto bueno del Kremlin a su plan para poner fin a las hostilidades en el país árabe. En estos momentos, Rusia lleva todas las de ganar en la partida por el control de Siria, a la que ve cómo el medio de regresar al Mediterráneo.
Putin es consciente de que la caída del régimen de Damasco en manos de aliados de Occidente hipotecaría el futuro de la política exterior rusa, no sólo en Oriente Medio, sino en todo el mundo. Y es que el Kremlin intenta recuperar desesperadamente posiciones en el tablero diplomático mundial al forjar frentes con países como China o Brasil.
Pero Putin es eminentemente un pragmático y no apostará el todo por el todo por la supervivencia del régimen sirio de Bachar al Assad. "Defendemos la Justicia, no a Assad", afirmó el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. Los diplomáticos rusos no se han cansado de repetir en las últimas semanas que su alianza estratégica es con Damasco, no con Assad, al que acusan de "cometer numerosos errores". Se trata de defender los importantes intereses militares y comerciales rusos, al tiempo que se evita que Occidente aproveche una intervención humanitaria para colocar un nuevo Gobierno títere en Oriente Medio.
Además, en las últimas semanas Rusia no se ha limitado a oponerse a cada una de las propuestas occidentales, sino que ha asumido un papel más protagonista. Para empezar, Moscú forjó un acuerdo con la Liga Árabe, que dejó en fuera de juego a Occidente, ya que respalda las gestiones de Annan, el acceso de la ayuda humanitaria, el cese de la violencia, la no intervención exterior, y el diálogo entre Gobierno y oposición. Y emitió recientemente en Moscú un comunicado conjunto con la Cruz Roja en el que se llamaba a las partes en conflicto a imponer treguas de dos horas para que reciban ayuda humanitaria los civiles que residen en las ciudades escenario de encarnizados combates entre las fuerzas de seguridad y los rebeldes sirios.
Por si fuera poco, la oposición siria ha aceptado finalmente la invitación rusa para mantener consultas en Moscú. El interlocutor no es el radical Consejo Nacional Sirio, del que desconfía profundamente el Kremlin y es partidario del derrocamiento de Assad, sino el moderado Comité Nacional de Coordinación, que aboga por el diálogo y una transición política pacífica. La misma Liga Árabe ha también aplacado sus diatribas contra Assad y en la cumbre que celebrará esta semana en Bagdad ya no demandará la renuncia del mandatario sirio, como hiciera hace sólo unas pocas semanas.
A decir verdad, la designación de Annan ha jugado en favor de Rusia y también de Damasco, que ha dedicado las últimas semanas a golpear abiertamente, en lucha ya abierta y con armamento pesado, los últimos bastiones opositores en el interior del país. "Para Siria ésta (las gestiones de Annan) puede ser que sea la última oportunidad de evitar una sangrienta guerra civil", afirmó Dmitri Medvédev, tras reunirse el domingo pasado con Annan en Moscú. Con todo, lo más probable es que, cuando Annan emita su informe, sea positivo o negativo, los rebeldes ya hayan perdido toda esperanza de ganar la guerra en el campo de batalla.
Rusia apoya los seis puntos del plan de paz presentado por Annan, incluido el repliegue del armamento pesado de las zonas residenciales. "Assad debe dar el primer paso: debe retirar el Ejército de las grandes ciudades", afirmó Mijaíl Marguelov, enviado especial del Kremlin para Oriente Medio. Pero no deja de acusar a Occidente de instigar la conflagración al suministrar armas a los rebeldes sirios. Sea como sea, la clave es el factor tiempo. La prolongación del conflicto conviene tanto a Assad, como a los rusos. En cambio, Occidente no puede esperar eternamente a que Assad ceda voluntariamente el poder.
La campaña propagandística rusa también ha surtido efecto, en lo que se refiere a la vinculación de ciertos grupos rebeldes con Al Qaeda, lo que deja en muy mal lugar a Occidente, en particular a Estados Unidos en vísperas de la campaña de reelección de Barack Obama. Además, Putin no ha dejado de recordar que la intervención en Libia y el asesinato a sangre fría del Muamar el Gadafi fue una violación del derecho internacional y de la carta fundacional de la ONU.
Putin, que asumirá la Presidencia en mayo, tiene por delante seis años en los que tiene intención de contribuir activamente al advenimiento de un nuevo orden multipolar en el que Occidente deje de tener un papel protagonista. En esta partida, Siria juega un papel similar al que en su momento, durante la Guerra Fría, interpretaron Vietnam, Angola o Cuba. Los crímenes contra los derechos humanos o las credenciales democráticas del tirano de turno son superfluos. Putin está de vuelta.
* Óscar Gantes es periodista
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