Don Juan Carlos revalidó ayer su título de "Rey de todos los españoles" al recibir en audiencia privada a Cayo Lara, coordinador de Izquierda Unida, coalición de partidos de izquierda liderada por un renovado Partido Comunista.
Sabido es el interés del Rey por conocer todos y cada uno de los aspectos que configuran la realidad de España, nación que en un tercio de siglo ha logrado situarse entre las democracias parlamentarias más asentadas.
No debe, pues, causar extrañeza que el dirigente político que abiertamente se proclama republicano acuda a La Zarzuela para "informar de primera mano al Rey de lo que es nuestro trabajo por un Estado federal, solidario y republicano, y nuestra labor por alcanzar la llegada de la III República", según afirmó Lara tras la audiencia real.
Don Juan Carlos ha sabido ganarse el aprecio de la gran mayoría de los españoles al implantar una Monarquía moderna cuya solidez se asienta, precisamente, en aunar dos difíciles principios: de un lado, la neutralidad en el ejercicio de la política que los partidos mandatados por la voluntad popular desarrollan y, de otro, el arbitraje moderador de la Corona.
Precisamente porque el modelo político republicano que representa Cayo Lara no forma parte de las preocupaciones cotidianas de la ciudadanía, sea oportuno dejar constancia de que, una vez más, muchos políticos no son capaces de plantear el debate que ciertamente inquieta a los españoles y en estos momentos se centra en cómo superar la crisis económica.
Ante una crisis que obliga a grandes y prolongados sacrificios, el diálogo político y social pasa por la solidaridad interterritorial, por erradicar el paro, por crear riqueza, por la enseñanza y la sanidad de calidad, entre otras muchas cuestiones. Y la experiencia del último tercio de siglo nos dice que todas tienen un denominador común: la estabilidad democrática. Cayo Lara ha perdido una ocasión de oro para sintonizar con aquello que verdaderamente preocupa a los españoles.