"No podemos y no queremos aislarnos. A Rusia la respetan y la tienen en cuenta sólo cuando es fuerte", afirmó Putin en uno de sus artículos programáticos publicado en el diario "Moskovskie Nóvosti". Ésta frase define el ideario de Putin, que mantiene que Rusia "siempre ha dispuesto del privilegio de conducir una política exterior independiente", por lo que "se guiará por sus propios intereses y no por decisiones dictadas por otros", es decir, por Occidente.
El Putin 2.0 parece menos nostálgico que el que asumiera el poder de manos de Borís Yeltsin un 31 de diciembre de 1999. La Unión Soviética, cuya caída cumplió en diciembre pasado 20 años, ha casi desaparecido de su discurso. Ahora, la palabra clave es integración. Putin es consciente de que enorme país no puede hacer frente a los desafíos por su cuenta y riesgo.
Es por eso, por lo que se propone impulsar foros como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que se ha convertido en una especie de alternativa emergente al Consejo de Seguridad, cada vez más rehén de Estados Unidos. En este marco figura también su iniciativa de crear una Unión Euroasiática a imagen y semejanza de la UE. Él insiste en que su objetivo no es resucitar la URSS, sino promover el desarrollo económico.
"Rusia es parte inalienable de la Gran Europa", asegura Putin, quien propone a Bruselas la creación de un espacio económico común desde Lisboa a Vladivostok, desde el Atlántico al Pacífico. Tampoco podemos olvidar el ingreso en la OMC, que se hará realidad en los próximos meses. En resumen, el nacionalismo trasnochado de 1999 ha dejado paso a un internacionalismo que se opone frontalmente al mundo unipolar.
En ese sentido, el recelo de Putin hacia Occidente no ha hecho sino crecer en los últimos años. "La pausa de tres años y medio en la que Putin no se ocupó de la diplomacia no ha reducido ni un ápice su indignación por la falta de consenso en la década pasada y esto repercutirá en su política exterior", vaticina Fiódor Lukiánov, politólogo ruso.
Putin regresa al Kremlin con muchas ganas de lidiar con Estados Unidos y la OTAN, a los que acusa de poner en peligro la estabilidad mundial y el equilibrio estratégico, y minar intencionadamente el papel de la ONU. Uno de sus caballos de batalla durante sus próximos seis años de mandato será su oposición al despliegue del escudo antimisiles norteamericano en Europa. El líder ruso insiste en que ese sistema, en el que España se comprometió a participar el pasado año desde su base naval de Rota, supone una amenaza directa para la seguridad rusa.
Por lo visto, Occidente va a tener muchas dificultades para esquivar el veto ruso en la gestión de conflictos internacionales, como Siria, Irán o Corea del Norte. Putin califica la política de intervención humanitaria puesta en práctica en Libia de "exportación de la democracia de las bombas". En su opinión, lo ocurrido en el país árabe y con el dictador, Muamar el Gadafi, es, además de un peligroso precedente, una de las causas de la proliferación de armas de destrucción masiva entre los países del segundo y tercer mundos.
Por todo ello, Putin ya ha adelantado que nunca permitirá la adopción en el Consejo de Seguridad de una resolución que allane el camino para una intervención militar en Siria. "El veto no es un capricho", dijo. Lo mismo opina de Irán: "Las consecuencias de un ataque a Irán serían catastróficas". Putin defiende el derecho de Teherán a desarrollar un programa nuclear civil y pacífico. También considera innecesaria la presencia militar occidental en Afganistán y alerta sobre el incremento constante de la producción de drogas en ese país.
Puede ser que Rusia sea Europa, pero Putin quiere promover su vecindad con Asia, en particular con China. "Existe la oportunidad de coger el viento chino en el mástil de nuestra economía", comentó. El líder ruso proclama su intención de continuar cooperando con China en la arena internacional, es decir, creando un frente común ante la diplomacia intervencionista occidental.
"No renunciaremos a las armas nucleares. Que nadie se haga ilusiones", aseguró. Putin, un hijo de la Guerra Fría, es el impulsor del ambicioso programa de rearme ruso, que supondrá un coste de más de 700.000 millones de dólares. Estamos hablando de cuatro portahelicópteros, varios submarinos nucleares de nueva generación, decenas de misiles intercontinentale y cohetes tácticos, y fragatas. Putin cree que las aspiraciones rusas de prosperidad no se harán realidad con un Ejército obsoleto.
Putin tiene por delante seis años para poner en práctica su visión del mundo. No obstante, no podrá dedicar demasiadas energías a la política exterior, ya que la oposición más radical al Kremlin ha demostrado ya con creces su capacidad de aglutinar el ánimo cotestatario contra su gestión, que consideran autoritaria. La pregunta es si Putin, que cuenta con el respaldo del gran capital, podrá resistir hasta 2018 con la gran mayoría de la población urbana en su contra. A Putin le gusta decir: "Ustedes tienen la palabra". Pues, cientos de miles de rusos no se cansan de gritar "Rusia sin Putin".
* Óscar Gantes es periodista