El próximo mes de abril se cumplirán los 30 años de la guerra de las Malvinas, aquella locura en la que los dictadores militares argentinos se embarcaron para intentar que, mediante la vieja táctica de avivar el fantasma de la agresión exterior, los ciudadanos del país se olvidaran por un tiempo de que la Argentina se desangraba entre los muros de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA).
Las consecuencias de aquella aventura suicida contra la Inglaterra de la ahora otra vez de moda Margaret Thatcher ya sabemos cuáles fueron. Pero, una vez más, la cuestión de las Malvinas vuelven al tablero geoestratégico con unas coordenadas en las que, como siempre, se entrecruzan la política, la economía y, por supuesto, el populismo.
El Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner maneja como pocos (ya lo hemos escrito aquí) el arte de la manipulación política. La situación económica del país, pese a haber crecido en los últimos años, muestra todos los síntomas de fatiga y agotamiento que es una de las señas de identidad históricas de los ciclos argentinos de bonanza y depresión, y todo indica que se ha agotado el primero y en el corto plazo el país puede despeñarse en otra crisis parecida a la del 'corralito'. Y en estas circunstancias nada mejor que volver a apelar a la epidermis y traer a flor de piel el agravio de las Malvinas.
El Gobierno argentino ha convencido a sus socios del MERCOSUR (Brasil, Chile y Uruguay) para que se sumen a su iniciativa de impedir que los barcos con bandera de las Falckland (la Union Jack con un borrego) puedan atracar en los puertos de aquellos países. Una medida simbólica que busca, más que consecuencias económicas, dejar bien a las claras al Gobierno de David Cameron que abril no será un aniversario tranquilo.
Como, efectivamente, el mensaje ya se lanzó, el Gobierno de Cristina Fernández está pensando en dar otra vuelta de tuerca: ahora, busca convencer a Sebastián Piñera para que Chile impida los vuelos de LAN a las Malvinas, la única conexión aérea de los 3.500 habitantes de las islas. Los efectos de este 'bloqueo' de los cielos sí serían más efectivos que los de los puertos. Los aviones chilenos son el cordón umbilical que lleva a las Malvinas medicinas, productos perecederos o, por ejemplo, material escolar. De momento, la Administración conservadora de Sebastián Piñera se escabulle de las pretensiones argentinas argumentando que la aerolínea LAN es privada y no puede obligarle a suspender los vuelos a las islas. Tradicionalmente, hay que recordar, Chile ha sido aliada de Gran Bretaña hasta el punto que en la Guerra de las Malvinas, los aviones y helicópteros ingleses se abastecían en aeródromos chilenos.
Pero el Gobierno de Kirchner es tenaz y pretende que el aniversario de la guerra sea un quebradero de cabeza para Cameron y una maniobra de distracción de los problemas internos para los argentinos, y ya estudia cómo dejar a los habitantes de las Malvinas aislados del continente para esos días: decretaría el cierre del espacio aéreo del sur del país alegando unas maniobras militares, lo que impediría que los aviones de LAN Chile pudieran hacer su ruta habitual a las Malvinas.
Por supuesto que, pese a las claras veleidades populistas de Cristina Fernández y su equipo, la posibilidad de un conflicto armado es hoy irrealidad: Argentina tensará la cuerda lo necesario y de la habilidad política de Cameron dependerá que el 30 aniversario se convierta en una excusa de propaganda para Kirchner o, por el contrario, el fracaso que devolverá a los argentinos a la realidad de su situación y de quienes les gobiernan. Por el momento, Cameron prefiere contestar con el arma que más duele a Argentina: la economía. Hay cuatro empresas petrolíferas negociando con Gran Bretaña para explotar un pozo en aguas de las Malvinas, las cuatro con la aquiescencia de la Administración Obama. Y si en las aguas malvinenses se meten los americanos en sociedad con los británicos a explotar petróleo, ya puede Cristina Fernández clamar al cielo que no habrá manera de revertir la situación ni de intentar sacar provecho propagandístico al aniversario.
No cabe duda que la presidenta argentina sabe que el éxito de su reelección pasada se debe al uso propagandístico de hechos tan luctuosos como la muerte de su marido Néstor. Hasta la saciedad, explotó en la campaña la imagen de la viuda del país, el nombre de su marido estaba en todos los lemas, el negro de su ropa recordaba a cada instante el 'sacrificio' de Cristina... Pues bien, ahora vuelve a utilizar otro drama, el tumor de tiroides que le ha sido extirpado, para intentar mantenerse en lo alto de las encuestas. Lo primero que hizo al regresar de la operación y volver al poder fue mostrar la cicatriz del cuello, una más en su historial 'al servicio de la Argentina'. ¿Alguien duda que vaya a tensar la cuerda todo lo que pueda con el tema de las Malvinas?
Sobre todo, cuando en el horizonte ya se ha dejado entreabrir una nueva puerta en el camino político de Cristina. El fin de semana pasado, presidido por el hombre que ha asumido sus funciones el tiempo que ella ha estado ausente por la operación, Amado Boudou, se reunieron los alcaldes, diputados y gobernadores 'kirchneristas', los más fieles y en los que Cristina basa su poder. Y allí se planteó por primera vez la 'necesidad' de empezar a plantear una reforma constitucional para que Cristina Fernández de Kirchner pueda optar a la reelección por tercera vez. Y para ello no dudará en utilizar cuantas armas estén a su alcance, ya sea la viudedad, la enfermedad o la cicatriz que dejó en el país la guerra de las Malvinas.
*Alberto Pérez Giménez es periodista y analista político
Twitter: @albertopgimenez
Alberto P. Giménez en facebook

Otros análisis del autor
Cuba: tras la inútil zanahoria, la política del palo
La entente cordiale entre los Castro y la Iglesia
2011 deja un nuevo panorama politico en Oriente Medio
Iberoamérica 2011: otro año perdido
La CELAC: otro sueño de Chávez que nace muerto