La decisión de la Liga Árabe de hace dos semanas de congelar la participación de Damasco en su organización aumentaba la presión sobre el presidente yemení, Alí Abdullah Saleh, para que finalmente aceptara su salida del poder. No obstante, la incertidumbre sobre el futuro del Yemen no ha disminuido con el anuncio de cambio y las incógnitas de cómo se desarrollará la transición se mantienen abiertas y crecen día a día.
Tras tres intentos fallidos, bajo el auspicio de Arabia Saudí, el mandatario accedía el pasado día 23 de noviembre a la firma del plan de transición propuesto por el Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo Pérsico (CCG). La iniciativa otorga inmunidad a Saleh a cambio de su entrega de poder y representa una vía de salida acomodada muy distinta a la que han tenido los otros dirigentes árabes caídos desde el inicio de la primavera árabe. Desde el comienzo de las revoluciones, Saleh se había presentado como uno de los principales candidatos a la ola de cambio que ha azotado Oriente Próximo.
En seguimiento del plan acordado, Abd-Rabbu Mansour Hadi, como vicepresidente del país, firmaba ya el pasado sábado su primer decreto en donde se convocaban elecciones para el próximo 21 de febrero. De este modo, la fecha cumple con los 90 días del plan acordado en Riad y concuerda con el tiempo estipulado para la transición de poder en el país. Tras el anuncio electoral, también se concedía al líder de la oposición, Mohammed Basindwa, el título de primer ministro interino. Basindwa tiene la difícil tarea de conformar un gobierno de unidad que cohesione la divida oposición hacia unas elecciones libres.
En un intento de aferrarse a su prometida inmunidad, Saleh aprobaba aún el pasado domingo, un último decreto donde se concede la inmunidad a todos aquellos que han realizado errores y acciones condenables durante la crisis a excepción de los implicados en los atentados al palacio presidencial del pasado junio. No obstante, el anuncio del decreto de inmunidad de Saleh no ha sido tan bien recibido por las calles de Sanaa, donde grupos opositores del país, alentados ya por el anuncio oficial de su renuncia, no están dispuestos a ver cómo el presidente se va sin ajustar sus cuentas con el país.
Que Saleh haya finalmente accedido a firmar la iniciativa del CCG se debe también a la plena implicación del enviado especial de Naciones Unidas para el Yemen, Jamal Benomar, quien con su mediación ha conseguido presionar al mandatario a la vez que a la propia Liga Árabe y al CCG para iniciar la transición pactada. No obstante, son muchas las dudas abiertas sobre la actuación de la Liga Árabe y la mediación del CCG. Sí bien es cierto que la organización se ha posicionado en línea con las directrices de la diplomacia internacional, también lo es la realidad de las dos líneas diplomáticas que el mundo árabe ha mostrado ante dos casos de gobiernos donde la represión violenta contra la población ha sido pauta de conducta.
Un escenario nacional fragmentado
La complejidad de la sociedad que compone el Yemen no es una novedad, sin embargo tras la unificación del país, desde 1990 se había mantenido una unidad basada en jerarquías tribales y fuertemente salpicada por tramas de corrupción que habían preservado dicha unidad. Con la salida de Saleh se potencia un escenario donde las divisiones entre grupos separatistas del sur del Yemen, los latentes conflictos tribales en el norte y la siempre omnipresente Al Qaeda, pueden sumergir al país más que nunca en un clima de guerra civil que hasta el momento se había conseguido sortear.
Por un lado, los choques entre sunitas y chiítas se presentan en el norte del país como el nuevo orden del día. Este mismo domingo, fuentes no oficiales informaban de cómo miembros sunitas-salafistas eran atacados por miembros de los huties y se elevaba la cifra a 24 muertos en los choques iniciados ya el sábado, principalmente en la ciudad de Damash. La región norteña de Saada se convierte en uno de los principales focos de actividad con los que el nuevo gobierno deberá lidiar. Los choques con los huties, rebeldes chitas, ya fueron noticia a finales de 2009 cuando provocaron la intervención de Arabia Saudí aunque, tras un precario alto al fuego alcanzado el año pasado, la zona se mantenía en una relativa calma.
Por otro lado, la amenaza que representa AlQaeda ha quedado patente en la provincia de Zinjibar, donde en mayo consiguieron hacerse con el control de la provincia y a su vez se convirtieron en el pretexto de Saleh para rehuir su salida. Los grupos cesionistas del sur del país, también presentan un foco más de probable confrontación al nuevo gobierno. Sin embargo, el arma de doble filo que puede marcar el peso de la balanza, es la propia estructura tribal del Yemen. Desde marzo, el General Ali Moshen al Ahmar ha mostrado su capacidad de liderazgo y ha llegado a controlar los distritos norte de la capital aglutinando muchos de los apoyos de la oposición, principalmente en contra de una posible transición del poder al hijo de Saleh, Ahmed Ali Abullah, o a su sobrino, Yahia Muhammad. La influyente familia de los Al-Ahmar se presenta como una fuerte fuerza que no está dispuesta a ser ignorada en la nueva estructuración de poder.
Por último, los Hermanos Musulmanes y la fuerza renovada de otras corrientes islamistas no favorecen en un panorama poco conciliador, convirtiéndose en otro factor más de peso para el nuevo gobierno. Muchos celebraban en las calles de Sanaa la pasada semana la firma del acuerdo que ponía fin a los 33 años de poder de su presidente, pero no dejaba de ser una celebración agridulce. El país se enfrenta ahora a un nuevo episodio de su corta y agitada historia de reunificación con otra herida que ahonda aún más la división civil que el país vive.
* Daniel Rajmil es politólogo

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