El resultado de las elecciones presidenciales iraníes celebradas el pasado viernes, supuestamente amañadas por el régimen del líder ultraconsevador Mahmut Ahmadineyad para mantenerse en el poder, ha provocado una impredecible reacción popular que ya se ha cobrado, al menos, una decenas de muertos y no para de crecer.
Pese al férreo aparato de seguridad y la poderosa policía política que atenaza al pueblo iraní, los partidarios del candidato moderado Mir Mosein Musaví se han lanzado a las calles de las principales ciudades del país en un claro desafío a Ahmadineyad por lo que consideran fraude electoral.
Los analistas mejor informados adelantaron días atrás que el presidente actual haría todo lo posible por volcar a su favor la consulta en las urnas. Se juega mucho. Nada menos que todo un modelo ideológico y geoestratégico que ha conseguido convertir al presidente Ahmadineyad en actor de primera fila de la escena mundial.
Teherán mantiene en jaque a la comunidad internacional por su programa nuclear que persigue producir plutonio para fabricar bombas atómicas. Teherán es pieza imprescindible para lograr a estabilidad iraquí y que Estados Unidos pueda cerrar con decoro una guerra que ha dejado la economía norteamericana al borde del colapso. Teherán comparte una larga frontera con Afganistán donde EEUU y la OTAN libran una guerra de alta intensidad, fundamental para el prestigio y los valores que sustentan las dos mayores organizaciones militares del planeta. Teherán mantiene una estrecha alianza diplomática, económica y militar con Moscú, deseoso de recuperar protagonismo en una región clave para Rusia. Teherán apoya a las organizaciones más radicales implicadas en el conflicto palestino en una calculada estrategia para tratar de debilitar a Israel.
Pero Irán no sólo mueve eficazmente este conjunto de piezas en el Gran Tablero. Su ubicación geográfica le permite blandir una espada de Damócles permanente con la amenaza de cortar el suministro del petróleo del Golfo Pérsico colapsando el estrecho de Ormuz. Quizá Occidente sea más sensible a esta cuestión que a las citadas con anterioridad, no por aparentemente difusas menos importantes.
La fractura abierta en la sociedad iraní reviste una enorme importancia por las consecuencias que puede desencadenar en los próximos días. Es poco probable que Ahmadineyad renuncie a su victoria o acepte un nuevo recuento de los votos presionado por la reacción de una parte de su pueblo. Por el contrario, es más previsible que, en paralelo con una sorda y metódica represión contra la oposición encabezada por Musaví, fabrique una "excusa" con la que sumar apoyos. O lo que es lo mismo, una falsa "agresión exterior".
En cualquiera de los escenarios, la comunidad internacional no debería sacrificar y hacer oídos sordos, en aras de la estabilidad regional, a los millones de iraníes deseosos de acabar con tres décadas de régimen teocrático. Difícil encrucijada, porque, en primer lugar, debería constatarse fehacientemente la existencia de fraude electoral, lo cual se muestra prácticamente imposible ante la ausencia de observadores imparciales.