Que el fútbol, deporte de masas por excelencia, está siendo utilizado desde hace tiempo por el nacionalismo más radical como caja de resonancia de sus exigencias independentistas no es nada nuevo. Pero sí es novedad que los secesionistas utilicen la final de la Copa del Rey, que enfrenta a dos equipos señeros del fútbol español, como plataforma para dar un salto cualitativo que desborda groseramente la legitimidad de toda reivindicación al boicotear el himno de España y de paso al Jefe del Estado, expresión máxima de un modelo de convivencia en libertad que, incluso, les permite la defensa de sus tesis independentistas.
No está de más recordar que el himno y la bandera nacionales constituyen símbolos no excluyentes en nuestro sistema democrático, pues la propia Constitución plasma en su artículo cuatro la coexistencia armónica "con las banderas y enseñas propias de las Comunidades Autónomas". No era difícil conocer que unas minorías secesionistas, sabedoras de que el partido sería retransmitido por RTVE, aprovecharían la ocasión para utilizar el campo de Mestalla como altavoz de sus protestas, máxime cuando era "vox populi" en Internet.
La exhibición de intransigencia presenciada ayer por millones de ciudadanos, es un síntoma preocupante de la vida política y de la pasividad en la que se encuentra instalada la sociedad civil. Aspectos ambos que constituyen campo abonado para quienes quieren hacer saltar en pedazos la Constitución de 1978 y el esfuerzo que nos ha permitido disfrutar del período más largo de progreso y bienestar de nuestra historia reciente.
Se echa en falta la condena y desautorización de estas conductas gamberras y antidemocráticas por parte de la dirección de los clubs, y de dirigentes políticos y sociales.
No nos corresponde señalar si se podría haber evitado tan improcedente espectáculo, que nos llena de vergüenza y que dudosamente se presenciaría en países de nuestro entorno democrático. En cambio, sí debemos reprobar el comportamiento de Televisión Española al intentar ocultar a la ciudadanía la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo en el estadio. Aumentar el audio del himno nacional para tapar la estridente pitada, además de ser un recurso de corto recorrido, revela una manipulación informativa que a todos intranquiliza.
La Libertad de Expresión es un derecho constitucional a preservar, aunque, como en este caso, haya tenido como origen un espectáculo que debe abochornar a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Cualquier tipo de censura sólo demuestra debilidad. En democracia las ideas se defienden desde el diálogo y el respeto al oponente.
El Estado, entendido como la suma de legitimidad democrática, soberanía popular e instituciones que lo vertebran, no debe estar a la defensiva ante minorías dispuestas a imponer su modelo por mecanismos al margen de las reglas democráticas. Supondría caminar hacia su suicidio.