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Longevos liderazgos y "dinastias republicanas" en África

Carlos Echeverría Jesús

Carlos Echeverria Jesús   viernes, 14 de mayo de 2010

En cada vez más Estados africanos se confirma el apego de los líderes al poder, reflejado en maniobras políticas y legales para asegurarse elección tras elección y, en ocasiones, adjudicando un carácter dinástico a regímenes que, salvo en el caso de la monarquía marroquí, son todos republicanos.

El caso más reciente es el de Senegal, país donde el ejercicio democrático había sido ejemplar pero donde el presidente, Abdulaye Wade, de 83 años de edad y desde hace diez en el poder, pretende optar a un nuevo mandato y, de paso, está preparando las cosas para que su hijo Karim se perfile como su sucesor.

Esta práctica se une a lo que según todos los indicios pretende el Presidente Abdelaziz Buteflika en Argelia, que camina hacia una tercera reelección y que prepara a su hermano como su sucesor. O el de Túnez, Zine El Abidine Ben Alí, protagonista del primer golpe "médico" que se conoce - derrocando por incapacidad a Habib Burguiba en 1987 -, que era reelegido en las presidenciales del pasado octubre para un quinto mandato; el coronel Muammar El Gaddafi en Libia, que ya ha hecho aceptar como sucesor a su hijo Saif El Islam; o el egipcio Hosni Mubarak, presidente desde 1981 y que prepara para la sucesión a su vástago Gamal, aunque aquí emergen figuras alternativas como el general Omar Suleiman o el ex Director General de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Mohamed El Baradei aunque ninguno confirmado, y esta es sólo la panorámica que ofrece el norte del continente.

Avanzando hacia el sur, el teniente general Omar Hasan Ahmed Al Bashir se acaba de hacer reelegir en Sudán en unas elecciones largamente contestadas; en Uganda el Presidente Yoweri Museveni, en Togo Omar Bongo y en Camerún Paul Biya han modificado las Constituciones para perpetuarse; en Ruanda el Presidente Paul Kagame ejerce el poder de una forma cada vez más dictatorial y pretende renovar su cargo en unas elecciones previstas para agosto de este año; en Costa de Marfil el Jefe del Estado, Laurent Gbagbo, en el poder desde 2000, viene retrasando las elecciones presidenciales desde 2005, el último intento de marzo pasado ha sido abortado y ahora se habla, aunque con escasas esperanzas, de un próximo intento en junio; y en la República Democrática del Congo Joseph Kabila, en el poder desde 2006, quiere ser reelegido en las presidenciales de septiembre de 2011 y para ello no duda en presionar a la Misión de la ONU en el país, la MONUC, para que lo abandone pues los 20.000 cascos azules son testigos molestos que le desdicen de su principal baza propagandística: el haber pacificado la turbulenta zona oriental del país.

A esta panorámica de países donde formalmente se recurre a procesos electorales hemos de añadir un preocupante incremento de la fórmula del golpe de Estado para acceder al poder, con el caso de Níger como el más reciente pero que se añade a los precedentes recientes de Guinea Conakry, Mauritania o Madagascar. Precisamente el golpe de Estado más reciente, el del pasado 18 de febrero en Níger, se dirigía contra un Presidente, Mamadu Tandja, que acababa de introducir modificaciones en la Constitución para perpetuarse en el poder. Todo ello nos lleva a concluir que el optimismo con el que comenzaba la presente década al verse transformar, por un lado, la veterana Organización para la Unidad Africana (OUA) en una Unión Africana (UA) que prohibía expresamente e incluso sancionaba a los regímenes golpistas, o al ver nacer por otro lado la esperanzadora Nueva Iniciativa para el Desarrollo de África (NEPAD), que impulsada exclusivamente por africanos fijaba también reglas exigentes de buen gobierno, está cuestionándose cada vez más y algunos comienzan a creer que esta lacra que ha caracterizado a tantos Estados africanos desde las independencias podría ser endémica. Hasta en la UA, este año presidida por Malawi, Muammar El Gaddafi había intentado el pasado diciembre alargar un año más su presidencia rotatoria argumentando que en doce meses no había tenido suficiente tiempo para introducir todas las reformas que deseaba, y esgrimiendo además sin pudor como argumento de refuerzo que Libia es el principal contribuyente neto a las arcas de la organización.

* Carlos Echeverría es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED

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