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¿Desradicalización yihadista en el Magreb?: los límites del modelo libio

Carlos Echeverria Jesús

   viernes, 23 de abril de 2010

Ahora que se cumple un mes de la histriónica escenificación de la desmovilización de los malvados terroristas del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL) presos en cárceles del país bajo la batuta de Saif Al Islam Gaddafi, hijo del Coronel/Líder de la Jamahiriya Libia y su supuesto sucesor, que mientras espera ese momento pretende destacar en el mundo como instrumento de mediación y de arreglo de conflictos y secuestros, es buen momento para evocar qué hay de útil en este proceso.

Aparte de poner fin, supuestamente, al compromiso militante de algunas centenas de miembros del GICL entre los que hay una minoría de cuadros, aunque ciertamente importante, y una mayoría de tropa, y cuyo efecto directo es difícil de evaluar pues nadie ha bajado aún del monte o regresado de la diáspora para entregar las armas, este paso no produce efecto inmediato alguno en lo que a la amenaza de Al Qaida en las Tierras del Magreb Islámico (AQMI) o a de Al Qaida central respecta. Los libios presentes en ambas estructuras no se han solidarizado, que se sepa, con sus compañeros revisionistas sino que, antes bien, se habrán reafirmado en su compromiso con el Yihad guerrero indignados por la actitud claudicante de sus antiguos camaradas.

Este paso escenificado en Trípoli el pasado 23 de marzo, que fue además avalado con la presencia de embajadores y de expertos extranjeros bien seleccionados por el régimen para que después puedan contar al mundo las supuestas bondades de la iniciativa, no aporta cambio estructural alguno pues no es comparable a sonadas decisiones libias tomadas en la década que ahora termina. Antes que esto Gaddafi ya llamó la atención de la comunidad internacional con su reconocimiento del papel de su país en dos execrables atentados aéreos - Lockerbie (1988) y UTA-Níger (1989) - y pagó indemnizaciones a las familias de las víctimas, por un lado, y por otro reconoció primero y destruyó o ayudó a destruir después sus sistemas de armas de destrucción masiva. La primera decisión permitió poner punto final a una página tenebrosa de impunidad del terrorismo aéreo y la segunda dio resultados concretos callando por un lado a los tradicionales defensores de los regímenes árabes acosados, dentro y fuera de Occidente, y eliminando peligrosos instrumentos de destrucción por otro.

Ahora, el convertir según palabras de Saif Al Islam "al enemigo de ayer en el amigo de hoy" refiriéndose a los terroristas del GICL acogidos a su generoso programa y calificados por él de "hermanos", no vemos bien qué resultados positivos inmediatos va a producir.

El proceso de diálogo dirigido por el vástago de Gaddafi se inició en 2005, en la línea entonces de moda también en Argelia o en Egipto de pasar página con sectores del terrorismo yihadista. De hecho podríamos decir que esta moda se retroalimentaba entre países - en 2004 el presidente Hamid Karzai hizo su primera llamada angelical a la reintegración de los talibán a la gran familia afgana - y el surgimiento poco después de AQMI o de episodios de terrorismo en suelo egipcio, principalmente en la Península del Sinaí, fue una respuesta del yihadismo salafista, léase Al Qaida, a la misma.

En su discurso de Trípoli, Saif Al Islam llamaba a los activistas libios localizados "en las montañas de Argelia y Afganistán, los desiertos de Malí y Níger y los valles de Irak" a volver a casa, reconociendo con ello lo que llevamos años subrayando. Hablar con los yihadistas encarcelados es fácil, incluso lo es arrancarles compromisos verbales, y a veces escritos como en Mauritania, pero el campo de batalla yihadista es global y quienes están localizados en tan pintorescos escenarios son el GICL de nuestros días por lo que aún es demasiado pronto para celebrar su disolución.

Lo mismo cabe decir de otras siglas como el GSPC argelino, el GICM marroquí, la Yihad egipcia o los Caballeros del Cambio mauritanos. Hacer tantas concesiones en casa, haciéndote para ello cada vez más islamista, no va a atraer a la diáspora, bien motivada ella en sus bien abonados campos de batalla donde combaten a apóstatas y a infieles, y tú vas a debilitarte cada vez más en un intento suicida de integrar a quien en el fondo no lo desea, alimentando de paso la impunidad.

En Libia se cifran en 165 los muertos y en 159 los heridos, la mayoría policías y militares, provocados por esos a los que ahora se califica de "amigos y/o hermanos" y en Argelia la cifra debe de ser multiplicada por mucho y por eso duele especialmente cuando individuos como Layada, fundador del Grupo Islámico Armado (GIA), o Madani Mezrag, emir del Ejército Islámico de Salvación (EIS), exigen desde la Prensa o desde la atalaya política, libres ambos, que las amnistías no se acaben hasta soltar a todos los "hermanos" y que se instaure por fin el ansiado Estado Islámico, los mismos objetivos que tenían cuando desde el monte asesinaban a mansalva.

 

* Carlos Echeverría es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED

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