La reciente multiplicación de los ataques yihadistas salafistas en diversos escenarios - desde Rusia hasta Pakistán pasando por Irak y Afganistán - y lo variado de las tácticas empleadas en ellos nos obligan a una reflexión sobre los mismos dada la amenaza potencial que supone el que puedan ser exportados a otras latitudes del mundo incluyendo a los países occidentales.
Una notable proliferación de ataques suicidas se ha producido en diversos escenarios en los últimos diez días. Destacamos en primer lugar cinco producidos en territorio ruso: los dos consecutivos realizados en el metro de Moscú el 29 de marzo, seguidos de otros dos ataques también consecutivos producidos en la localidad daguestana de Kizliar el 31 de marzo, y del producido el 5 de abril en la ciudad ingushetia de Karabulak. En los dos primeros dos mujeres suicidas provocaban 39 muertos y 70 heridos, en los dos segundos los dos terroristas provocaban 11 muertos y 28 heridos y en el tercero otra mujer suicida mataba a 2 personas y hería a otras 4. Mientras los ataques del metro fueron indiscriminados los de Kizliar siguieron la cada vez más frecuente táctica de escalonar las explosiones para en la segunda provocar víctimas entre los servicios de seguridad y asistencia y las autoridades que acuden al producirse la primera, y el tercero hirió o mató solo a policías.
En Afganistán un terrorista suicida provocaba el 31 de marzo 8 muertos y 45 heridos en un mercado en Gerishk, en la provincia de Helmand, en un atentado de carácter puramente indiscriminado como los sufridos por el metro de Moscú. En Bagdad tres atentados suicidas producidos el 4 de abril en las proximidades de las Embajadas de Irán, Egipto, España y Alemania provocaban 41 muertos y 224 heridos: los terroristas, al volante de coches bomba y cargando ellos además con cinturones bomba, provocaban la mayor ofensiva terrorista desde que el 25 de enero otros suicidas mataran a 36 personas y hirieran a más de 100 en ataques a hoteles también en la capital iraquí. Finalmente, el 5 de abril se producía en la localidad paquistaní de Timergarah un ataque suicida realizado por varios individuos coordinados que mataba a 38 personas y hería a más de 80 en el transcurso de una manifestación.
Junto a esta sucesión de ataques suicidas hemos de destacar dos ataques no suicidas, o al menos no en su totalidad, pero letales y sobre todo muy preocupantes para los servicios antiterroristas en la medida en que marcan tendencias y conllevan además un gran impacto psicológico. Por un lado, el 2 de abril, un grupo terrorista, presumiblemente Al Qaida en Irak, asesinaba a 25 miembros de una milicia suní colaboradora con el régimen iraquí y con la Coalición en Hawr Rajab, una aldea situada al sur de Bagdad: disfrazados de militares estadounidenses e iraquíes irrumpieron por la noche en la población, seleccionaron a sus víctimas y las asesinaron, a tiros unos y degollados otros. La segunda acción terrorista a destacar tuvo lugar el 5 de abril, cuando el Consulado de los EEUU en la localidad paquistaní de Peshawar sufría un intento de asalto siguiendo las tácticas de "Yihad urbano" que cada vez se hacen más presentes contando ya con precedentes en India (Mumbai, en noviembre de 2008), Afganistán o Pakistán, entre otros, y que cada vez preocupa más como amenaza potencial incluso en Europa, particularmente en el Reino Unido. Tras empotrar un suicida un coche cargado de explosivos en el acceso al Consulado y matar a dos guardias de seguridad paquistaníes sus compinches, vestidos de militares y armados con fusiles de asalto y lanzagranadas, penetraron en el recinto disparando: el balance, 3 víctimas a añadir a los dos guardias citados, decenas de heridos y 3 terroristas muertos y varios detenidos.
Vemos pues cómo las enseñanzas de Al Qaida o de algunos de sus emuladores se practican por doquier, sin querer decir esto que exista una estrategia centralizada dirigida por una Internacional terrorista. Si algo tienen en común los terroristas yihadistas salafistas en sus distintas acepciones es la sublimación de la táctica frente a la estrategia y, derivado de ello, la multiplicidad de escenarios de combate. La estrategia como tal no existe pero sí hay indicaciones claras para todo aquel que quiera en algún momento seguirlas e incluyen en ese esbozo disperso de planificación doctrinal la obligación de matar a apóstatas y a infieles, de manera discriminada o indiscriminada, superando fronteras geográficas que para los yihadistas salafistas sobran, utilizando o no el suicidio y haciendo públicas las amenazas y las reivindicaciones para argumentar "religiosamente" lo que se hace y, de paso, aterrorizar a los que califican de enemigos del verdadero Islam.
La utilización cada vez más de los suicidas por doquier, el creciente papel de las mujeres en el terrorismo - no sólo en el ámbito logístico o de comunicación como otrora sino cada vez más como operativas - o innovaciones de campo de batalla como el "Yihad urbano" no hacen sino mostrarnos a un enemigo imaginativo, muy comprometido y muy activo en el nivel táctico.
* Carlos Echeverría es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED
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