La inflación de acontecimientos relevantes en el Gran Oriente Medio - desde el Próximo Oriente hasta Afganistán, en la clásica visión amplia de la región - parece estar llevándonos a olvidar a Irán o, si no a olvidarlo, sí al menos a colocarlo en una posición secundaria frente a acontecimientos tan destacados como el deterioro, más aún, de la situación en el frente israelo-palestino, las elecciones en Irak o la gran ofensiva de la OTAN en el sur de Afganistán. Sin embargo ocurre que en todos estos acontecimientos deberíamos de explorar la variable iraní, bien en términos de influencia directa o indirecta en algunos de ellos o bien de posibles ganancias, las más, o de pérdidas, las menos, para la República Islámica.
El deterioro de la situación en Oriente Próximo en términos de debilitamiento de las expectativas de paz aparecidas hace muy pocas semanas juega en beneficio de Teherán, y ello por un doble motivo: por un lado, porque fuera cual fuera la fórmula de paz a debatir esta sería siempre contraria a la visión que el poder iraní tiene de la región y, por otro lado, porque normalmente del deterioro de la situación se suele acusar más pronto que tarde a Israel, su enemigo por antonomasia que si ve mancillada su imagen internacional difícilmente estará en condiciones de mantener un duro pulso o incluso de responder al desafío nuclear iraní con un ataque. De la actualidad de la visión iraní para Oriente Próximo da fe la reunión de 26 de febrero en Damasco entre el Presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, su homólogo sirio, Bashar El Assad, y el máximo líder del Partido de Dios libanés (Hizbollah), Hassan Nasrallah, un trío que aunque no tiene obstáculo alguno para reunirse lo cierto es que no suele hacerlo o al menos no con la publicidad que la reunión en la capital siria ha tenido ahora. Quizás esta reunión ha buscado despejar cualquier atisbo de ablandamiento sirio reflejado en una posible atracción hacia las fórmulas estadounidenses de paz que pretenden incorporar a Siria a los contactos, primero, y a las negociaciones con Israel después, creando expectativas en Damasco de poder recuperar algún día los Altos del Golán.
En lo que a las elecciones generales en Irak respecta, celebradas el 7 de marzo, la alta participación, los relativamente buenos resultados en clave componedora o la capacidad mostrada de responder con entereza a las provocaciones de los terroristas de 'Al Qaida en Irak' no implican necesariamente que todo esté ya ganado en términos de estabilización, y mucho menos que este aparente avance aleje toda posibilidad de injerencia directa iraní en el país árabe. Los resultados reflejan la fragmentación de la sociedad y aunque en las zonas suníes se ha votado más que en las shiíes aquellas cuentan menos que estas en términos de número de escaños. Por otro lado en el gran Bagdad, con 8 millones de habitantes, la victoria ha sido para el partido 'Estado de Derecho' del shií Nuri Al Maliki, noticia buena para Teherán pues este es considerado su interlocutor por antonomasia. En cualquier caso este grupo será clave en las negociaciones para formar Gobierno ya en marcha. Además aquí, como también en Afganistán, se anuncia para 2011 la desaparición de la presencia militar estadounidense que ya en el presente año se prevé que se vea reducida a la mitad y que será recibida como una victoria en clave regional por el régimen iraní.
Finalmente, la ofensiva de la OTAN en la provincia afgana de Helmand puede ser vista como un reforzamiento de la posición de los aliados en el país, pero también puede ser percibida como un afianzamiento gracias a ella de quienes no son enemigos de Irán frente a los Talibán que son suníes radicalizados apoyados por Pakistán y por Arabia Saudí, adversarios sí estos del deseo no ocultado por el poder iraní de proyectarse en un Afganistán que Washington ya ha prometido que evacuará en julio de 2011, y eso si no puede hacerlo antes. Los que sí se irán antes serán los holandeses arrastrando quizás a otros en su retirada que a buen seguro Irán celebrará. La victoria aliada sobre los Talibán en Marjah a fines de febrero no ha sido pues noticia del todo desagradable para los gobernantes iraníes como tampoco lo son las políticas de sustitución del opio por cultivos alternativos emprendidas por los occidentales con los EEUU a la cabeza, algo que podría contribuir a reducir la amenaza interna que la droga representa para Irán. La visita del Presidente Ahmadineyad a Kabul el 10 de marzo no ha sido sino la confirmación del creciente papel que tiene Irán en el país, papel que se apoya también en los dos Vicepresidentes de Karzai, uno hazara y el otro tayiko y ambos próximos a Teherán.
Todo ello, unido a las recientes demostraciones iraníes de su fuerza - tiene ya operativos una escuadrilla de cazabombarderos 'Seaghe'('Trueno' en farsi) de construcción totalmente nacional y las maniobras de la Guardia Revolucionaria en aguas del Golfo Arábigo/Pérsico cada vez son más frecuentes -, o de aprovechamiento de su propaganda, puede conducirnos efectivamente hasta un escenario en el que Irán incremente más aún su capacidad de distracción. La Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) mostraba a mediados de febrero su inquietud ante el programa nuclear iraní, mensaje equívoco este parecido a los que entre 2002 y 2003 se sucedían con respecto a Irak. Pese a ello y a cierta dureza coyuntural mostrada hacia Irán en las últimas semanas por dos miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Rusia y China, estos no son proclives a incrementar las sanciones y otros tres, estos no permanentes pero con fuerza de arrastre dentro del Consejo como son Brasil, Líbano y Turquía, tampoco.
* Carlos Echeverría es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED
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