La historia de los etarras empotrados en la burocracia del Gobierno chavista, allá en Caracas, es tanto como la historia y la crónica de los muertos guardados en el armario de la política con Venezuela desarrollada por Asuntos Exteriores desde la primavera de 2004. Todo el cúmulo de dislates que yacían ignorados en el fondo de la privilegiada relación entre el chavismo y el zapaterismo, aflora ahora a la superficie, inopinada y sorpresivamente, como lo hacen los cadáveres que devuelve el mar luego de darse poco menos que acabados los trabajos de rescate de las víctimas habidas en un naufragios. En estos casos de ahora, los restos de una normal y apacible relación histórica como fue la que imperaba antes de que el sovietismo se implantara en Cuba bajo el verde oliva y los rosarios bajadas en procesión hasta La Habana desde los riscos revolucionarios de Sierra Maestra.
Mal que bien, la perturbación aquella de hace más de 50 años, luego de un complicado proceso de naturalización en el organismo de las relaciones interhispáicas - tal como se "naturaliza" o se residencia un tumor en cualquier cuerpo que se daba por sano -, el régimen comunista implantado en Cuba se había reducido prácticamente, como digo, a la condición de quiste al que se intentó sobrellevar con la aplicación de ungüentos, cataplasmas y pomadas.
Con terapias episódicas y resignadas, en las que nunca se quiso perder de vista el hecho -abrumadoramente cierto - de que lo que importaba era Cuba y de que lo perturbaba era el secuestro histórico de las libertades y el bienestar de los cubanos. Eso valía mucho más, lógicamente, que la incomodidad que ese régimen suponía para la relación bilateral entre La Habana y Madrid, y para el desenvolvimiento de las propias relaciones de la comunidad interamericana. Relaciones de las que un día fue excomulgado el régimen castrista.
Pero aquel tumor instalado en el conjunto hemisférico, generando fiebres guerrilleras y fracasadas revoluciones sin cuento, metastizó y se reconvirtió un día en forma de "revolución bolivariana". Con Hugo Chávez como factor agente y todos los populismos hemisféricos y residuales como humores de compañía. En medio de todo eso cayó la política exterior (es un decir) de los Gobiernos españoles surgidos del marzo de 2004, también las inferencias de las demás políticas de ellos. Como, por ejemplo, la política estatutaria aplicada a modificar por la puerta de atrás la Constitución de 1978; y dentro de tal línea, el proyecto de negociar de tú a tú con Eta. Y en el seno de tal proyecto, la política de salvoconductos institucionales en España para los terroristas vascos monitores de las Farc, como atestiguan los ordenadores de Raúl Reyes.
El etarra Egido Sigüenza, empotrado en la infraestructura diplomática del chavismo, como uno de los impulsores del Partido Comunista de las Tierrras Vascas, fue beneficiario, como todos los suyos, de los arreglos y acolchados de la Fiscalía General del Estado para que los disfrazados componentes de la ilegalizada Batasuna tuvieran acceso al Parlamento Autonómico de Vitoria. Un "muerto" ahora empotrado en la burocracia chavista de Caracas.
El batasuno Ejido es testimonio vivo, pese a su condición de "muerto" en armario, de que carece de salida en el decoro la actual bronca con Hugo Chávez por la revolera que se ha montado, en Caracas y en La Habana, con el auto del juez Carrasco sobre los rastros de las sistémicas complicidades - de terroristas entre sí y de éstos con políticas y políticas - dejados por Raúl Reyes, como su testamento histórico, en los ordenadores de las Farc que requisó el Ejército colombiano.

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