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Operación Atalanta. El cambio en la estrategia

Francisco J. Álvarez Prieto   martes, 16 de marzo de 2010

El pasado 11 de noviembre, cuando la crisis del Alakrana ocupaba los titulares de todos los periódicos, la ministra de Defensa, Carme Chacón, defendía un cambio de estrategia en la Operación Atalanta. Este nuevo enfoque de la primera misión naval de la Unión Europea consistía en bloquear los puertos de los que partían los grupos de piratas somalíes.

Hace apenas tres semanas, en la reunión informal de ministros de Defensa de la UE, Chacón hacia a sus homólogos europeos partícipes de la nueva estrategia, y con el apoyo del almirante británico Peter Hudson, jefe de la Operación Atalanta, se comprometía a instaurar la nueva línea de acción a mediados de marzo. Además, anunciaba que instructores españoles y de otras naciones de la UE adiestrarían en Uganda a dos mil militares somalíes en labores propias de la guardia costera, complementando así en tierra lo que los buques europeos ya hacen en el mar.
Resulta evidente que, atendiendo a los resultados conseguidos a lo largo del año 2009 y a pesar de los éxitos que ha tenido Atalanta en alta mar, es necesario un cambio en la forma de operar de EUNAVFOR. Pero la opción de trasladar el área de operaciones principal a pocas millas de las costas de Somalia no parece la más acertada.

Por un lado, poco podrán contribuir esos militares somalíes formados en Uganda mientras no se instaure un gobierno estable en su país que pueda controlar las costas de esta nación africana, pues los clanes piratas ocupan los puertos de las costas del golfo de Adén -donde el más organizado gobierno de Puntlandia impone su ley y su orden- hasta las costas orientales, frente a los caladeros de la flota atunera española -zona teóricamente regida desde Mogadiscio, ciudad en la que el gobierno de transición del presidente Sheid Ahmed ni siquiera controla la mitad de su extensión-.

La idea de bloquear los puertos resulta a su vez inconsistente, ya que los más de tres mil kilómetros de costa de este país del cuerno de África son un punto de partida ideal para los pequeños esquifes que los piratas utilizan para sus asaltos, que sintiendo la presión de las fuerzas navales europeas pueden desplazarse sin demasiada dificultad hacia un punto que les permita hacerse a la mar sin ser detectados. La existencia de una red de buques nodriza, más fáciles de localizar, es todavía puesta en duda, y se tiene constancia de que muchos grupos de piratas se hacen a la mar a bordo de los pequeños esquifes, sin más apoyo que unas cuantas garrafas de gasolina y un GPS comercial que sólo saben utilizar para regresar a casa, exponiéndose -sin demasiado aprecio por su vida- al éxito o la muerte.

El desembarco realizado por la infantería de marina de los Estados Unidos en 1992 puso de manifiesto además que Somalia no era un país amable para el invasor. Quizás esta sería la única forma de que la Unión Europea trasladara la operación a tierra de una forma efectiva, pero no existen ni los medios ni la voluntad política para llevar a cabo una operación de tal envergadura.

Sin embargo, en las aguas del Índico, las unidades navales tienen todavía mucho trabajo por hacer, y este trabajo pasa principalmente por un mayor compromiso de fuerzas y una adecuación de los medios, así como unas reglas de enfrentamiento claras y el desarrollo de una legislación severa contra la piratería, con el necesario apoyo (no sólo legal, sino también militar) de países ribereños como Omán, Yemen o Seychelles.

La inmensidad de la zona de operaciones requiere una aportación mayor por parte de las naciones participantes en Atalanta. Si bien gracias a la colaboración con las agrupaciones de la OTAN, Estados Unidos, China, India y Japón, se ha conseguido un control exhaustivo del tráfico marítimo del Golfo de Adén - que es en realidad, el más importante, por ser la ruta desde y hacia el canal de Suez- la zona oriental de Somalia, clave por sus caladeros de pesca, que ocupa un área más extensa y con un tráfico marítimo reducido, es todavía una zona de riesgo.

A este esfuerzo adicional en el número de unidades debe unirse una adecuación de los medios. El empleo de buques de menor porte al de las ya veteranas fragatas de la clase Santa María ahorraría costes, especialmente en mantenimiento y personal, y permitiría desplegar en la zona un número de unidades mayor. Sin embargo, y hasta la llegada de los BAM, la Armada no dispondrá de buques con capacidad aérea de estas características. Y los medios aéreos resultan fundamentales en una misión de este tipo.

Una interesante alternativa la constituyen los vehículos aéreos no tripulados, que además de su reducido tamaño y de no requerir unas instalaciones y un mantenimiento tan costoso como el de los helicópteros SH-60B, permiten una gran permanencia en zonas de patrulla, el empleo de medios de detección avanzados e incluso el transporte de armas. Modelos como el Fire Scout, el Raven o el Scan Eagle pueden ser operados desde unidades navales, incrementando notablemente las posibilidades de los buques de guerra desplegados.

Todas estas posibilidades, unidas a una acción de política exterior encaminada a conseguir acuerdos legales con los países ribereños que permitan un intercambio ágil de detenidos, así como el uso de sus bases aéreas y navales para evitar los desplazamientos logísticos y ahorrar tiempo de vuelo de nuestros aviones de patrulla marítima, mejorarían la eficacia de Atalanta. Al menos, su eficacia en el mar. La acción en tierra, tal vez, sea inevitable para erradicar la piratería. Pero antes la Operación Atalanta tiene mucho trabajo que hacer en aguas del océano Índico.

Fotos: La ministra de Defensa, Carme Chacón, y el comandante jefe de la operación Atalanta, el almirante británico Peter Hudson

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