El viejo adagio castellano asegura que "el hombre propone y Dios dispone". Este refrán se ha hecho realidad en Chile. El terremoto del pasado día 27 de febrero ha venido a alterar radicalmente el proyecto de gobierno de Sebastián Piñera que se ha visto obligado a transformar su agenda la cual deberá ahora centrarse durante la mayor parte de su gestión en las costosas labores de reconstrucción.
Tras ganar en enero pasado las elecciones presidenciales, el nuevo presidente tenía como objetivo que Chile pasara definitivamente la frontera y llegara a ser un país desarrollado, equiparable a los del primer mundo, retomando la senda del crecimiento económico de los años 90. Ese crecimiento económico iría unido a una modernización del país y, por ende, a una reducción significativa de la pobreza y, sobre todo, de la desigualdad, por medio de la mejora en los estándares educativos y del apoyo a la iniciativa privada y al emprendimiento.
Pero ese proyecto no contaba con el terrible suceso del terremoto y sus devastadoras consecuencias. El propio mandatario admitió que el costo de los daños será cercano a los US$ 30 mil millones, cifra que representa casi tres cuartos de todo el Presupuesto de 2010 y el 17% del PIB. Los chilenos han demostrado a lo largo de su historia que, en ocasiones, las desgracias pueden convertirse en una excelente plataforma para modernizar el país, unirlo en torno a un gran objetivo y generar un conjunto de sinergias que produzcan un cambio integral. Como aseguraba uno de los miembros del nuevo gabinete: "lo que viene de este dolor tan grande queremos transformarlo en una oportunidad no sólo para levantar lo caído, sino para reconstruir mejor. No queremos tapar el hoyo, sino hacer algo mucho más de lo que había". El terremoto ha transformado la labor de Piñera ya no como el hombre que debía conducir al país al primer mundo sino como el líder de la reconstrucción.
Piñera tiene la oportunidad de imprimir una energía renovada al ejecutivo (anquilosado en la última etapa concertacionista) y con mano firme llevar a Chile a la modernidad. Eso sí, siempre que sepa eludir las rencillas y la politiquería y optar por hacer Política en mayúsculas. El nuevo Chile será un país en el que el papel del estado debe ser más activo a la hora de controlar la adecuación de los edificios y las infraestructuras para evitar que el próximo terremoto, que por desgracia se producirá pues Chile tiene esa espada de Damocles sobre su cabeza, no cause los destrozos del actual.
Pero más allá de Piñera o de la anterior administración, Chile ha dado una lección a la región. Mientras otros países (léase Venezuela) han aprovechado las "vacas gordas" -el boom económico entre 2003 y 2008- para gastar y endeudarse, Chile ha ahorrado en previsión de lo que pudiese pasar (así parte de esos 30 millones saldrán en parte del Fondo de Estabilización Económica que suma US$ 11.256,78 millones). Gracias a esta decisión el actual gobierno puede priorizar el uso de recursos internos para financiar la reconstrucción y podrá acudir al financiamiento externo, pues Chile es un país no deudor sino acreedor. Piñera lo ha explicado claramente: "en forma muy prudente vamos a usar parte de los ahorros que Chile acumuló en los tiempos de vacas gordas; vamos a estudiar también la posibilidad de contratar créditos externos. Ése es un camino que vamos a estudiar y usar también con moderación". Esa es la principal lección que América latina debe aprender de Chile.
* Rogelio Nuñez es Doctor en Historia de Iberoamérica.
Miembro del Observatorio de Seguridad y Defensa de América Latina (OSAL).

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