El ensayo se llevó a cabo el pasado 11 de febrero, cuando un Boeing 747-400F Jumbo modificado, perteneciente al 417 Escuadrón de Ensayos en Vuelo, despegó desde la base aérea de Edwards (California). Se trataba del YAL-1A, el prototipo del demostrador láser aerotransportado o ABL (Airborne Laser). El objetivo del aparato era localizar, seguir y destruir un misil balístico de propulsión liquida tipo Scud, lanzado desde el polígono de pruebas de Point Mugu, en la costa de California. Tras levantar el vuelo, el singular aparato se posicionó sobre el océano Pacifico, a la espera de detectar el lanzamiento del misil. A bordo del YAL-1A viajaba un avanzado laser químico de oxigeno-yodo capaz de generar durante algunos segundos un rayo laser de nada menos que ¡un megavatio de potencia! El avión utilizó sus avanzados sensores de a bordo para detectar la trayectoria del misil, efectuar su seguimiento y apuntar el láser. Después, técnicos de Boeing -contratista principal del programa ABL- generaron un potente haz letal cuyas ráfagas, al incidir sobre la estructura exterior del misil. Letales ráfagas de laser de alta potencia A bordo viaja un avanzado laser químico El impacto reiterado de ráfagas de energía dirigida calentó la estructura externa del misil, le provocó serios daños estructurales y, finalmente, lo reventó. Eran exactamente las 20:44 minutos -hora del Pacifico- del 11 de febrero. Menos de una hora después se disparó un segundo misil, pero esta vez de propulsión solida. En esta ocasión, las ráfagas del laser de alta potencia no incidieron sobre el artefacto el tiempo suficiente para provocar su destrucción. Ya se trate de una anomalía o de un ensayo para determinar el poder del haz del láser, la USAF acaba de apuntarse un éxito rotundo que abre las puertas a un nuevo sistema de armas eficiente y extremadamente letal. El principal desafío del láser de alta energía aerotransportado no radica en dar vida a un rayo de gran potencia y alcance, sino en lograr disipar el intenso calor generado en los equipos de a bordo. Afortunadamente, las grandes dimensiones del 747 Jumbo permiten alojar en el interior del avión eficientes equipos de refrigeración. El avión se ve obligado a operar a cotas superiores a los 12.000 metros. A esa altura, sus sofisticados sensores infrarrojos pueden localizar el despegue de misiles balísticos. Contra misiles y también contra asteroides Tres rayos láser de baja potencia son los encargados de efectuar el seguimiento del blanco, calcular su trayectoria, velocidad, punto de impacto, turbulencia del aire y la corrección a introducir para evitar la distorsión del laser. Sin embargo, la extrema complejidad del laser embarcado de alta potencia hizo que el programa fuera puesto en cuestión por Robert Gates, el secretario de Defensa norteamericano.
Gates anunció el 6 de abril de 2009 que el programa adolecía de "importantes problemas tecnológicos" y ordenó la cancelación de un segundo avión y que de ser un programa de adquisición se convirtiera en un programa de I+D, en el que ya se han gastado alrededor de 5.000 millones de dólares. Concebido como parte del escudo antimisiles de Estados Unidos, el Pentágono adscribió en 2001 su desarrollo a la Agencia de Defensa Antimisiles o MDA. Pero en la NASA también miran el laser embarcado con interés. Si el paso de los años y las progresivas mejoras tecnológicas permiten poner a punto un laser de muy elevada potencia, los técnicos espaciales confían en dotarse de un arma con la que, al menos, intentar destruir asteroides cuyo impacto sobre la Tierra pueda amenazar la vida sobre nuestro planeta. El programa reúne a los tres grandes de la industria de defensa norteamericana: Boeing, que es el contratista principal, Lockheed Martin, que desarrolla el sofisticado sistema de control del haz y de control de disparo y Northrop Grumman, que actúa como responsable de la puesta a punto del láser de alta energía.
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