La celebración el 24 y 25 de febrero de la II Cumbre de América Latina y El Caribe (CALC), en Cancún, cuanto menos pone de manifiesto la firme voluntad iberoamericana de convertirse en un actor internacional con una sola voz. Sin embargo para este paso es imprescindible afirmar la autonomía respecto a otras potencias extraregionales, como los Estados Unidos, país con el que Iberoamérica ha mantenido una larga relación de dependencia.
Pues bien esta llamada "Cumbre de la Unidad" es la afirmación explícita de ambos objetivos, así como la muestra del empeño de la región por alcanzarlos. La I CALC tuvo lugar en Costa Sauipe, Brasil, en diciembre de 2008, al resguardo del Grupo de Río. Aquella se consideró una reunión histórica, ya que por primera vez estaba presente toda la región, Cuba incluida, sin la presencia de una potencia extraregional, como los Estados Unidos o incluso España, que a través de las Cumbres Iberoamericanas, se reúne periódicamente con todos los países latinoamericanos, incluida Cuba.
Sin embargo, en aquel entonces, hubo voces que no le dieron mucho futuro a la iniciativa. Fue criticado como un proyecto impreciso que adolecía de objetivos concretos; reduciendo el evento a un acto de mera retórica sin posibilidades de progresar. En efecto, hay motivos de peso para asumir parte de estas críticas, pero no en su totalidad. Ciertamente la CALC carece de concreción. Sus objetivos son sumamente ambiciosos y se sustentan en una concatenación de innumerables buenas intenciones. Este es un problema que permanece en la II Cumbre de la CALC. Como así ha puesto de manifiesto el propio anfitrión de la reunión, el presidente de México, Felipe Calderón.
En relación al organismo que surgirá de estas cumbres en 2011, en Venezuela o, en 2012, en Colombia, el presidente mexicano declaró que éste velará por "el respeto a los derechos humanos, el respeto al medio ambiente, la cooperación internacional para el desarrollo sustentable, la unidad, la integración, la paz y la seguridad regionales" y trabajará "sobre la base de la solidaridad, la inclusión social, la equidad y la igualdad de oportunidades, la complementariedad, la flexibilidad y la diversidad", con el objetivo de lograr "un mejor posicionamiento de América Latina en acontecimientos de relieve internacional".
No cabe duda que se precisa de un esfuerzo de concreción sobre la función y los cometidos de este futuro organismo para asegurar su éxito, pero para ello se necesita también tiempo. En cualquier caso esta segunda convocatoria desdice a aquellos que dudaron de la continuidad de esta iniciativa. Aunque no se conozca su alcance, al menos las posibilidades de avance del proyecto son bastantes, ya que está respaldado por la actual convicción en la región de que para que el progreso tenga lugar ha de ser bajo una trayectoria autónoma. En este sentido el ímpetu brasileño ha sido fundamental. Su motivación se encuentra en su propio interés, pues la autonomía regional, elimina competidores para su proyección como líder regional.
Esta nueva cumbre, pese a sus debilidades, no deja de ser un avance en tanto en cuanto confirma que la región ha dejado de esperar que la solución de los problemas venga de fuera. Un planteamiento que de concretarse en un organismos operativos solo podrá aportar beneficios.
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