Posiblemente, nada de lo sucedido durante los dos últimos años en las relaciones entre Colombia y Venezuela, y en el debate sobre el auto de la Audiencia Nacional respecto de las relaciones entre las Farc colombianas y el terrorismo etarra; nada, se habría producido, o habría acontecido de otra manera, sin la operación militar de contrainsurgencia habida el 22 de marzo de 2008 en el paraje ecuatoriano de Angostura, próximo al departamento colombiano de Putumayo, en la que fue atacado el campamento principal de la narcoguerrilla y eliminado el entonces jefe supremo de la misma, "Raúl Reyes" (va entrecomillado porque ese nombre no era nombre verdadero sino el alias, el nombre de guerra) y una veintena de los bandoleros que le acompañaban.
Si relevante en grado superlativo fue el descabezamiento de las Farc en aquella operación, lo fue más aun el botín de guerra obtenido por el Ejército de Colombia en tan crucial operativo. Son los discos duros de los ordenadores de "Raúl Reyes", continentes de toda la información encriptada sobre la vida y milagros de la narcoguerrilla, con sus conexiones, relaciones y manejos de todo tipo en los que se entrecruzan los datos básicos de lo cotidiano con otros de robustísima singularidad y de importancia trascendental. Como, por ejemplo, los apuntes contables sobre las ayudas a la campaña electoral del presidente Correa.
Todo lo cual quiere decir que los ordenadores de "Raúl Reyes" resultan, en términos prácticos, tanto como el talón de Aquiles de todo el lío que ha montado la Venezuela de Hugo Chávez con su revolución bolivariana. Lo más llamativo desde una perspectiva española es, sin duda, el nexo entre las Farc y los terroristas de Eta; pero desde un punto de vista atenido a los componentes estructurales del populismo rampante que se estructura desde Caracas, la importancia de cuanto contienen los ordenadores es literalmente decisiva. Al punto que cabría pensar que las averiguaciones policiales que están en la base del auto judicial instruido en la Audiencia Nacional, pueden proceder en muy significativa medida de las informaciones conquistadas por las FFAA colombianas aquel 22 de marzo de 2008.
De ahí en adelante se acabaron las danzas del caudillo bolivariano en la supuesta mediación suya cerca del Gobierno colombiano y las Farc. Todas las cartas quedaron boca arriba sobre la mesa. Y de ahí y por ahí se tensaron críticamente las relaciones con Bogotá por parte del régimen de Caracas y del Gobierno de Quito con el de Bogotá, especialmente con éste, que rompió las plenarias con Álvaro Uribe. Tan trascendental es el interés político de ese botín de guerra que el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, en la reciente cumbre mexicana del Grupo de Río, le pidió al de Colombia la devolución del tesoro informático.
Por pedir que no quede, pero de nada servirá hasta que concluya, si es que no ha concluido ya, la desencriptación de sus contenidos. Éstos, que duda cabe, habrán sido más que suficientes para que Estados Unidos haya apostado por la limpieza de la selva colombiana con el establecimiento de siete bases de utilización conjunta. Se trata de un asunto, este del ordenador, del que se hablará mucho más de lo que Chávez quisiera.

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