La captura en Karachi del jefe militar de los talibanes con los que lucha la alianza occidental en Afganistán es noticia doblemente positiva. Lo es por el hecho en sí mismo de la detención de un personaje, Abdul Ghani Baradar, que es el segundo nivel jerárquico tras del Mullah Omar - personaje central del talibanismo tras de la derrota de los soviéticos en el espacio afgano, además del más sólido apoyo a Ben Laden y Al Qaeda antes y después de los atentados del 11-S -.
Pero tanto o más que por eso, lo es también por el hecho de que el apresamiento se ha producido por la decisiva colaboración de los servicios secretos paquistaníes. Este dato es de importancia capital para el desenlace de la guerra de Afganistán, país cuya pacificación sólo será posible a partir de la colaboración suficiente del gigante paquistaní.
La Unión Soviética perdió su guerra afgana, primordialmente, porque Pakistán apostó por los talibanes al alimón con Arabia Saudí y Estados Unidos. Y ahora Estados Unidos y sus aliados occidentales no podrían ganar la suya si Pakistán incumpliera los acuerdos suscritos conjuntamente con el de Afganistán, durante la visita que sus representantes hicieron a fines del pasado otoño a Washington.
Consecuencia y fruto de aquel encuentro han sido ya las campañas del Ejército paquistaní en los Waziristanes - que aun siguen en curso -, a lo que ahora se ha sumado la detención de Barader. Una y otra cosa certifican que el Gobierno de Pakistán ha salido definitivamente de su ambigüedad, con lo que se despeja el horizonte para un triunfo político-militar en Afganistán dentro de los plazos barajados por la Administración norteamericana.
Ocurre también que este consumado cambio establece asimismo la posibilidad de batir el "yijadismo" específico de Al Qaeda subsistente en el propio Pakistán. Pero las previsiones más optimistas al respecto deben ser frenadas y enfriadas desde consideraciones tales como el hecho de que el terrorismo islamista hunde sus raíces en la geografía integrista que jalonan las escuelas coránicas, regadas desde hace más de 20 años con los petrodólares del Golfo: recursos sin los cuales no habría podido medrar el radicalismo religioso movilizado en su día para segarle la hierba bajo los pies a los soviéticos en su guerra de Afganistán.
Fue entonces Pakistán el factor que aportó la masa crítica para que la derrota soviética fuera posible; como ahora puede serlo, también en Afganistán, para la extirpación de Al Qaeda en esa región del Asia Mayor. Aunque pese a ello quedaría, como rabo por desollar, el Asia Menor, desde el vértice índico del Yemen a la vecindad africana de Somalia y Sudán, pasando por las lindes del Sahel, como una caravana yihadista entre e Índico y el Atlántico.

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