Desde mediodía del pasado martes, el Gobierno de Irán comienza a ganarse a pulso lo peor para sus gobernados. Constituyendo en notarios universales de sus actos de desafío a los inspectores de la Agencia Internacional de Energía, el régimen iraní comenzaba una fase nueva en el enriquecimiento de uranio. En el rango del 20 por ciento, que rinde utilidades para la fabricación de barras radiactivas de uso médico, pero remotamente alejadas aun del nivel crítico del 85 por ciento, que es el necesario para construir artefactos atómicos.
Eso del enriquecimiento del 20 por ciento es lo que ofrecieron hacer conjuntamente Rusia y Francia, en la primera de las aperturas persas dentro de este torneo de ajedrez en que insiste la república islamista de los iraníes, probablemente al objeto de ganar el tiempo que necesita para hacer todo el camino que lleva hasta la puerta del club nuclear. Ese club al que pertenece una nómina ya no reducida de Estados asiáticos: India y Pakistán, Corea del Norte y China, y también Israel, que es asiático por geografía aunque occidental por vocación y destino.
Fue de toda lógica la reacción escéptica del mundo al segundo ofrecimiento que el presidente Ahmadineyad hizo de que fueran rusos y franceses quienes colaboraran en el enriquecimiento del material radiactivo al que se aplica Irán en medio de la sospecha de toda la comunidad internacional, en la que rige el consenso de que todo es una estratagema con la que disimular su esfuerzo para hacerse con la bomba atómica. Ese objetivo, justo es reconocerlo, resulta no sólo del nacionalismo islamista del régimen iraní sino tambien del insufrible escozor histórico por la guerra de ocho años que le hizo el nacionalismo panarabista del Iraq de Sadam Hussein, probablemente por encargo de Occidente para que fuera frenada en seco aquella revolución islámica del Imán Jomeini, que parecía capaz de prenderle fuego a la entera cuenca del petróleo que es el golfo Pérsico.
Pues bien, fue este generalizado escepticismo con que ha sido acogida la segunda oferta iraní, luego de que Teherán se desdijera sin explicación ni razón aparente de la primera, lo que ha llevado al desplante que comentamos y lo que ha traído a la lógica reacción estadounidense, con el anuncio de un nuevo acuerdo de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y de Alemania, para aplicar otra ronda de sanciones a la República Islámica de Irán. Algo que abundará críticamente en el orden de las carencias padecidas en el país, que explican hechos tales como el crónico desabastecimiento de carburantes para el transporte, pese a que Irán sea la cuarta potencia exportadora de petróleo. Eso y todas las disfunciones económicas padecidas por los iraníes explica también lo fácil que resulta al régimen la ignición de los ánimos populares contra Occidente en ocasiones como las actuales, con los apedreamientos de las embajadas de Francia y el Reino Unido de Gran Bretaña.
La iniciativa sancionadora adelantada por el presidente Obama cuenta en principio con el apoyo de todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, incluida Rusia, pero quizá también con la excepción de China, cuya dependencia actual del petróleo iraní le obliga a márgenes ciertos de colaboración y complacencia con los iraníes ante el riesgo nuclear que suponen; concesiones que en este caso llegan compensadas por la presión manifiesta y positiva de Pekín sobre Corea del Norte para que renuncie de una vez a su capacidad nuclear.

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