No se reunían desde 1999, pero los 56 Estados de la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) lo harán de nuevo en 2010 en la capital kazaja, Astaná. La mayor organización regional de seguridad en el mundo se debate entre sus pasados éxitos y potencialidades y la realidad de una excesiva dependencia de la UE que le debilita, un ambiente enrarecido entre sus miembros, una falta de virtualidad en ámbitos de su competencia (como el económico y el de seguridad) y un liderazgo en 2010 asumido por un país asiático, musulmán, ex-soviético y autoritario, como es Kazajstán. Si para unos esta presidencia debilitará la organización, para otros supondrá un factor de estabilidad y acercamiento a Asia Central.
Al gobierno kazajo no le falta ilusión por tratar de impulsar la cohesión entre los miembros de la Organización y consolidar su posición internacional como Estado puente con Asia. Su ministro de Exteriores, Kanat Saudabáyev, fijó como objetivos en una reciente intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU el hacer "más relevante, útil y efectivo" el organismo, superando "la crisis de confianza creada por las líneas divisoras y los vestigios de la Guerra Fría que todavía permanecen en el área de la OSCE".
Pero el peso de la UE en la OSCE es abrumador. 27 de los Estados son miembros de la UE, aporta el 70% de su presupuesto (casi 151 millones de euros en 2010), así como el 55% de sus contribuciones voluntarias, y proporciona el 70% del personal de sus misiones y la mitad del personal contratado. Estos datos complican cualquier pretensión de llevar el centro de gravedad real de la OSCE fuera de la UE, y ello no será posible hasta que exista voluntad política de modificar algunos conceptos subsistentes en la Unión.
La OSCE es un foro único para el diálogo permanente entre estados de tres continentes (Europa, Asia Central y América del Norte), con amplia experiencia en áreas como la promoción de la democracia, los derechos humanos y un bagaje apreciable en materias como la político-militar, económica y medioambiental. El fortalecimiento de la OSCE podría ser un buen instrumento para la estabilización de Afganistán, la mejora de las relaciones con Rusia (dañadas tras la guerra ruso-georgiana de 2008), la lucha contra el terrorismo, el crimen organizado y el islamismo extremista, la disminución de las tensiones fronterizas, y la regularización de los movimientos migratorios.
* José Luis Bazán es Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra.
Máster en dirección de recursos humanos y organizaciones por el ESIC

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