Cuando la ideología de un Gobierno parasita aquello que sólo cabe entender como política de Estado (por antonomasia la política exterior), es el prestigio internacional, el buen nombre del país, aquello que más directamente padece. Poco más expresivo de la obviedad que señalo que esto de que el Príncipe de Asturias, que acaba - en ejercicio de sus funciones institucionales - de asistir en La Paz a la ceremonia inaugural de un segundo mandato del presidente Morales - significada por la apertura de un régimen que sepulta la democracia representativa en un panteón de indigenismo socialista a cuatro bandas-, no acuda el próximo día 27 a Tegucigalpa para estar en la toma de posesión del presidente electo de Honduras, Porfirio Lobo, tras de las elecciones del 29 de noviembre pasado.
Es, tal como título esta nota, otro detalle del muy ideologizado proceder de la diplomacia cursante con el presidente Rodríguez Zapatero, en lo que concierne a la política iberoamericana. Y digo "detalle" posiblemente diciendo mal, pues no se trata de una atención periférica y marginal dentro de tan importante materia, sino que responde al propio meollo de nuestra actuación presente en la América hispana; una actuación consagrada al patrocinio y apoyo del populismo encarnado por Hugo Chávez, presidente de Venezuela y capitán delegado de la revolución bolivariana, que es un torpe remedo - todavía como proyecto - de la revolución comunista cubana.
Todo es coherente. No habrá la correspondiente representación institucional española en la asunción de sus poderes por el presidente electo de Honduras, conforme la misma razón de que todo han sido satisfacciones ante la botadura del tipo de Estado habida en La Paz, luego de que el proceso constituyente arrancara allí con votaciones asamblearias a mano alzada. Porfirio Lobo asume el 27 de enero, en Tegucigalpa, la presidencia hondureña conforme las pautas constitucionales pertinentes, pautas que Manuel Zelaya quiso modificar para ser reelegido, tal como a su vez Evo Morales ha conseguido que le revalidaran tras modificar el texto constitucional preexistente; de la misma forma que lo había hecho en su día Hugo Chávez en su atribulada Venezuela, y conforme lo hizo también en la República de Ecuador Rafael Correa; y de idéntico modo a como se dispone Daniel Ortega, en la atribulada Nicaragua, a que le elijan tras de obligar al Tribunal Supremo a que resuelva contra la propia Constitución nacional.
Todo eso va a misa y ha merecido o merecerá en su turno correspondiente la presencia de la representación oficial española, pues el entero conjunto es conforme al formato ideológico de nuestra diplomacia española actual. Aunque para Honduras, nada de nada. No se puede agraviar al amigo Chávez, que con todos los suyos maldice la obra de España en América, tal como lo hiciera ante Juan Pablo II, en La Habana, ese maestro suyo, cumplido tirano de las barbas. Honduras se quedará sin la presencia del Príncipe de Asturias, aunque sí tendrá las delegaciones de Estados Unidos, Costa Rica, Colombia, Panamá, Perú y la República Dominicana, cuyo presidente había pactado con Manuel Zelaya, el destituido y asilado en la Embajada de Brasil, regresar a Santo Domingo. El presidente Rodríguez consigue así de tan enfática manera, en política exterior, lo tampoco logrado en política económica.

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