No era aun la medianoche en la España que esperaba conocer los resultado de la jornada electoral chilena - segunda vuelta en las presidenciales y con sólo el 60 % por ciento de los votos escrutados -, cuando el ex presidente Eduardo Frei, el candidato de la Concertación centro-izquierdista, reconocía la victoria de Sebastián Piñera, el hombre de la derechista Coalición para el Cambio. Era lo que habían vaticinado los sondeos demoscópicos y significaba que la derecha chilena regresaba al poder del que había sido desalojada medio siglo atrás, casi el mismo tiempo que lleva el castrismo cubano alojado en el mando totalitario; pero no por la práctica de los votos y la sentencia de las urnas, sino por el imperativo inapelable de la dictadura comunista.
La referencia no es gratuita. El caso cubano, ante el que se abre la espera de una transición a la libertad que nunca acaba de comenzar, ha sido una referencia obligada para la crónica de esos 50 años vividos políticamente por Chile desde el mandato del presidente Alesandri, que representó el último encargo recibido por la derecha estricta en la hermosa y muy hispánica república andina. Otro Frei, que el ahora derrotado al optar por su segundo y propio periodo presidencial sobre el esquema de la concertación, había gobernado bajo el rótulo político centrista de la Democracia Cristiana; pero en los comicios siguientes, una rama levógira salida de ese mismo tronco, se concertó parlamentariamente con radicales y socialistas en una coalición, liderada al cabo por Salvador Allende, que siendo de frente-populismo puro y duro, se envolvió en la bandera democrática de la Unidad Popular.
En brevísimo plazo, el artefacto ideológico aquel, envuelto en el perfume revolucionario del París de 1968, y que pretendía establecer en la Hispanoamérica de la Guerra Fría la vía parlamentaria al socialismo, fue rebasado al poco dentro del propio socialismo gobernante por el radicalismo de Carlos Altamirano, y en los campos de Chile por los guerrilleros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), línea de acuñación cubano-comunista cumplidamente activada por el propio Fidel Castro. Invitado para unos días por el presidente Allende, Carlos Altamirano se quedó cuatro semanas en el país, convirtiéndolo en arengario, especialmente en la mina de "El Teniente", la gran explotación de cobre, del que Allende decía que era el "salario de Chile". Todo eso, la Guerra Fría soviético-americana, el caos económico y social, y la descontenta mesocracia de las "caceroladas", la misma que había aportado la base sociológica para la ejemplar democracia andina, determinaron el golpe que acabó con el experimento y estableció la dictadura militar que se prolongó desde 1973 hasta 1990.
Pues bien, tras de esa dictadura de 17 años que, a los sabidos costes, puso a la economía de Chile en vereda de modernización y prosperidad, la fórmula de la Concertación -entre las mismas cepas políticas artífices de la Unidad Popular- ha hecho quiebra luego de una aceptable labor, con una tanda de cinco presidentes, socialistas o democristianos. Esa secuencia ha sido interrumpida por las urnas de este domingo después de 20 años. El ciclo, como digo, se ha cerrado, al llegar a La Moneda, medio siglo después, otro presidente de la derecha. La transición no acabó con el fin del pinochetismo, sino con la derrota electoral de los partidos que con sus viejos errores crearon las condiciones para que el pinochetismo llegara.

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