Hasta ahora, la extremadamente fluida condición del terrorismo islámico ha escapado del diseño estratégico de la fuerza militar occidental. Lo hacía como el agua del cesto en que se vierte cuando a éste, inadvertidamente, se le hace oficiar de garrafa. Los esquemas militarmente compactos que se han venido aplicando contra el terrorismo yihadista en Afganistán, y por extensión en Pakistán, dejaban fluir las potencialidades de Al Qaeda hacia espacios no concernidos en el concepto estratégico con el que militarmente se ha operado en las referidas partes del Asia Mayor; además de hacerlo también hasta ahora mismo en Iraq, aunque de forma marginal en este último periodo.
Así ha ocurrido hasta el susto tremendo del día de Navidad, casi en la vertical de Detroit, cuando fue desactivado por el pasaje la puesta en marcha de un activado proceso de explosión con pentrita, que, de rematar, hubiera partido en dos el avión que cubría el vuelo diario desde Ámsterdam hasta el emporio de la industria automovilística norteamericana.
Tal gravísimo incidente ha tenido, sin embargo, la virtualidad de remover un estado de cosas que, de haber seguido como estaba, hubiera permitido la reiteración de supuestos igual o más graves que este en que fracasó el nigeriano Faruk Abdulmutallab, hijo de banquero y devoto de uno de tantos fanáticos de cuantos pastorean en Yemen las hierbas letales del integrismo islamista pasadas por las madrasas o escuelas coránicas: laboratorios en los que se imparte, como enseñanzas, el odio contra Occidente en general, Israel en particular y el cristianismo en la totalidad de sus expresiones.
No sólo parece haberse puesto en revisión el esquema organizativo de los Servicios de Inteligencia de Estados Unidos en su íntima relación interna. Había rastros de Abdulmutallamab en varios de los mismos, informaciones y rastros que no fueron cruzados; circunstancia por la que el nigeriano pudo conseguir el correspondiente visado con el que embarcar en el avión que habría de destruir, cumpliendo así las órdenes de Al Qaeda. Un atentado por el cual ésta quiso devolver a Estados Unidos el ataque de días antes, en Yemen, donde fueron eliminados muchos, hasta tres decenas, de sus cuadros directivos regionales.
Además, del repaso dicho, ha sobrevenido la revisión del sistema y su eventual remodelación; un cambio para obtener rangos de seguridad informativa aceptables, proporcionales al nivel y a la cualidad del desafío que plantea el terrorismo islámico, luego de lo ocurrido con el 11-S, en Nueva York y Washington; en el 11-M en Madrid; después de los atentados en el Metro de Londres, en la isla de Bali y contra las Embajadas norteamericanas en Kenya y en Tanzania. Al cabo de todo eso, resulta poco menos que inconcebible el que se produjera la pifia funcional del visado de Abdulmutallab, y su estela de consecuencias providencialmente truncada.
Aparte de eso, Yemen pasa ahora a la condición de escenario básico y objetivo de interés preferente dentro del conjunto que componen las responsabilidades del general David Petraeus, que tiene atribuida la entera responsabilidad militar en el Oriente Próximo y en el Oriente Medio. El general se ha reunido en la capital del Yemen con el presidente del país - el más pobre del mundo árabe - para convenir los términos en que va a incrementarse allí la ayuda militar norteamericana. Un reforzamiento especialmente necesario habida cuenta la proximidad de las costas somalíes, donde Al Qaeda tiene una de sus cabezas de puente en el mundo africano.
Singular importancia, por tanto, la de esta visita de Petraeus en Sanaa, la capital de Yemen, donde Norteamérica y Gran Bretaña, aliadas también en la nueva estrategia, acaban de cerrar sus embajadas por causa de las amenazas yihadistas, mientras que la de España seguía al poco haciendo algo aproximado: abierta pero con acceso restringido. Junto a la nueva estrategia, también las tácticas preventivas.

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