El pasado día 27 de diciembre, el mundo pudo ser espectador otra vez más de la dureza con la que el régimen iraní aplastaba cualquier intento de oposición a su mandato actual. Los incidentes ocurrieron cuando aprovechando las festividades de la fiesta chiíta de Ashura, opositores y miembros de la llamada "revolución verde" se congregaron en las calles de la ciudad para mostrar su descontento con la situación política del país. Tensión, que dura ya más de seis meses y que se inició después de que en las elecciones del pasado junio Ahmadineyad declarara su reelección envuelto por una gran polémica internacional respeto a la fiabilidad de los resultados.
Las manifestaciones tuvieron lugar durante una de las celebraciones más santas para los musulmanes chiítas, donde se conmemora la muerte del nieto de Mahomma, el Imán Hussein. Considerado una de los mártires más importantes para los chiítas, el simbolismo de la fecha de la manifestación es claro y da muestra de la implicación de un amplio sector de la sociedad iraní y que no se limita solamente a la ciudadanía laica.
Los choques entre la policía del régimen y los manifestantes provocaron graves altercados en la ciudad y se saldaron con cientos de detenidos y varios muertos, ocho según fuentes no oficiales. Entre los detenidos, destacan varias personalidades del campo reformista del país y puede ser interpretado como una muestra más del nerviosismo del gobierno ante posibles brechas a su autoridad. Entre los ocho muertos está Seyyed Ali Mousavi, sobrino del principal líder opositor en las elecciones de junio, Hossein Mousavi.
Al día siguiente de las manifestaciones, las autoridades procedieron a nuevas detenciones de opositores al régimen, periodistas y militantes para los derechos humanos fueron detenidos, entre ellos la hermana de la premio Nobel de la Paz, Shirin Ebadi. También se detuvieron militantes feministas como Mansureh Shojaie y al esposo de la hermana del líder reformista Mousavi.
Con la muerte del sobrino de Mousavi, presuntamente a manos de las fuerzas del régimen, se ha producido un nuevo golpe al movimiento reformista iniciado en junio pasado con el objetivo de deslegitimar el gobierno actual. Una muerte, que junto el resto de detenciones de domingo han despertado la ira y la repulsa de la mayoría de administraciones occidentales, quienes han calificado la actuación de desorbitada e inaceptable.
En este clima de agitamiento social, la pregunta de si una revolución interna logrará destituir al gobierno actual aparece en la mente de todas las administraciones occidentales. En medio de una alta inestabilidad nacional, un ataque a las instalaciones iraníes, para muchos necesario, podría llegar a ser contraproducente. Mientras, la diáspora iraní y las administraciones occidentales se limitan a transmitir su apoyo al movimiento opositor y desear que su lucha contra la intolerancia de Ahmedinayad sea fructífera.
El domingo, los manifestantes cantaban por las calles de Teherán: Dios es grande, este es el mes de la sangre, Yazid caerá. Los manifestantes apelaban de este modo al califa Yazid, quien ordenó la muerte del Imán Hussein, convertido en mártir y a quien se recuerda durante la fiesta de Ashura. Unos gritos llenos de desesperación y fe en que la historia no se repita, que la oposición reformista consiga al fin poder dejar de ser mártir y desbancar al régimen iraní.

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