Acaba el año con un regusto occidental de inseguridad, con una conciencia generalizada, difusa y confusa de que somos vulnerables. Tras del suceso de la manipulación con pentrita para detonar algo que sólo se quedó en llama, protagonizado por Abdul Faruk Abdultallab - hijo de banquero, educado en los mejores colegios y centros universitarios superiores de Occidente - ; luego de ese suceso habido en un avión norteamericano de pasaje que comenzaba su descenso para tomar tierra en Detroit, procedente de Holanda; cuando eso ocurre y se tiene la percepción de que en tesitura así puede encontrarse cualquiera, se comparte la percepción de que el acoso del terrorismo islámico al mundo occidental es evidencia que no cesa, aunque tampoco permanece siempre en sus mismas formas y expresiones. Puede ocurrir viajando desde Rótterdam a Detroit, o por el corredor del Henares un 11 de marzo, o saboreando un día un cuscús en Casablanca.
Esa amenaza del islamismo mutado en cepa terrorista, replantea al mundo occidental, por su misma raíz, la cuestión nunca resuelta de la seguridad suficiente en el reto específico de esta época insegura. Todos casi estábamos en la compartida percepción de que en nuestro mundo se estaba haciendo lo adecuado para ese imposible de poner puertas al campo del terrorismo islámico; por más que a los españoles no se nos vaya del imaginario la idea de que ese terrorismo sea capaz de abrirse a la colaboración con otros, en una satánica sinergia para muchos puntualmente improbable aunque para nadie imposible. Pero la cuestión estriba en que haciéndose una y otra vez lo necesario, nunca, a lo que parece, llega a hacerse lo suficiente.
A estas alturas del Tercer Milenio después de Cristo, la violencia ilegítima es asunto que desborda los odres conceptuales de la guerra justa y de la guerra injusta. El terrorismo es más que guerra, sin llegar a ser guerra propiamente dicha. Se lo soporta en Iraq, en Afganistán y en Pakistán, primordialmente; pero cunde también en otros espacios de curso menos frecuente, aunque siempre de pulsión catastrófica. Así fueron el 11-S y el 11-M, aunque también pudo haberlo sido esta Navidad sobre América del Norte.
Al presidente Obama, en sus vacaciones hawainas capaces de recrear horas de su infancia, y con las que pretendía paladear la miel de su victoria política en la aprobación de su reforma sanitaria, se le ha cruzado el cable de lo sucedido con el intento de destruir un avión y acabar con las vidas de 278 pasajeros, incluidas entre ellas - como es de ritual en el nihilismo fanático del yihadista - la suya propia.
De la instrucción presidencial de que se revisen al alza los criterios de seguridad y los controles de todo tipo, se habrán de derivar molestias añadidas para quienes viajen en avión, y no sólo a Estados Unidos. El terrorismo hace nuestra época más insegura, en un propósito decidido de empobrecer nuestra libertad. Habrá por eso que defenderse donde y como corresponda. Comenzando por Afganistán y siguiendo por todas las madrigueras, de heroína y de cocaína.

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