Nada se ha sabido luego de que se supiera que Estados Unidos nada quería saber de la ocupación de un punto petrolero iraquí a manos de un pelotón de soldados iraníes, en la franja fronteriza de los dos países. Ha ocurrido este suceso en un espacio geográfico de larga data de conflictividad, tanta que se remonta a los tiempos del Imperio Otomano y del antiguo Imperio Persa, poco después de que tras de la batalla de Lepanto el Turco cediera en sus pretensiones sobre el Mediterráneo Occidental y volviese los ojos hacia su Oriente, presionando a los persas y haciéndoles retroceder más allá del Chat el Arab: el ámbito acuático que forman en su desembocadura los ríos Eufrates y Tigris en las aguas del Golfo Pérsico.
Una cortina de silencio se ha corrido desde que ocurrió el incidente de referencia, que en un principio rehusó incluso admitir como hecho cierto la autoridad de Iraq. Y la cuestión se dimensiona en la medida que, sobre el marco de conflictividad histórica en que se ha producido el incidente, se añade la circunstancia de que, militarmente, el Estado Iraquí no dispone - como consecuencia de la trituración a que fue sometido su Ejército durante y después de la guerra que le hizo Estados Unidos en marzo de 2003 - de mínimas capacidades de respuesta a la poderosa máquina militar iraní, derrotada por el Iraq de Sadam Huseein en la guerra de ocho años que libraron los dos países a partir de 1979; es decir, el año de la Revolución Islámica, cuyas virtualidades transformadoras sobre su entorno árabe ardieron, se agotaron, en el choque con los iraquíes y los refuerzos económicos que éstos recibieron de las petro-monarquías del Golfo y de la propia Norteamérica. Lo que Jomeini pudo soñar como la revancha del Islam de la Chía contra el Islam de los suníes se quedó en frustración y fracaso.
Previamente al largo conflicto, en julio de 1975, el Sha de Irán y Sadam Hussein habían llegado en Argel a un acuerdo de límites, por el cual los iraníes pasaban a disponer de una salida al mar para el tráfico de petróleo y gasolina de su refinería de Abadán; establecida tal salida sobre la mediana - por su mayor profundidad - en la corriente conjunta de los dos ríos mesopotámicos, al rendir sus aguas en el Pérsico. Aquella solución propiciada por la OPEP, de límites fronterizos, duró el tiempo que el Sha permaneció en el poder desde entonces: cuatro años.
Pero la guerra aquella que perdió Irán no valió sin embargo para que Iraq, en términos de fronteras, no ganara ni un palmo de terreno. Territorialmente, las cosas quedaron como estaban. Y es ahora al parecer cuando, con los americanos con un pie en el estribo, algunos de los sectores del régimen iraní - posiblemente el de los Guardianes de la Revolución - han tenido la ocurrencia de dar un zarpazo territorial en el espacio soberano de Iraq, justo en el momento, además, en que el chiísmo ahora gobernante en Bagdad ofrece al mejor postor internacional las perlas de la corona petrolera. Rusia y Noruega figuran como los primeros adjudicatarios.
Habrá que poner atención a qué está ocurriendo en Irán, con su desestabilización interna cierta que explicaría la propia contramarcha en el debate nuclear, de una apertura seguida de un retroceso sobre el procesamiento compartido del uranio - con Rusia y Francia -; habrá que parar en estas cosas para poner en su aproximado valor el significado de sucesos como el del pelotón iraní que conquistó un campo petrolero iraquí. Hay que pararse en esto, con toda cautela, aunque sólo sea por el hecho de que en esta circunstancia tan chiíes son quienes mandan en Iraq como en Irán. Aunque, primordialmente, no cabe perder de vista que Irán atraviesa una profunda crisis de régimen de la que puede derivar cualquier cosa.

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