La irrupción del castro-populismo en la Cumbre del Clima, cuando los antisistema comparecen como ecologistas y el ecologismo se convierte en coartada para el acoso a la libertad política y la economía de mercado, daba una de las pinceladas definitivas al cuadro de babélica confusión en que se resolvía el encuentro de Copenhague.
El clima ha sido el pretexto, y la seguridad de los estándares de vida en que nos encontramos, el supuesto objeto de la cita universal en la capital de Dinamarca, donde Gobiernos y multitudes se han mezclado en una suerte de "estados generales" para el cambio alternativo del mundo que nos ha traído hasta aquí. Pero la nota fuerte, como digo ha sido el recital con que han querido obsequiar al mundo Hugo Chávez, el presidente de Venezuela y caudillo bolivariano, y Evo Morales, presidente de Bolivia y dirigente cocalero, antes de las urnas, durante las urnas y después de las urnas, cuando Bolivia pueda haberse desmembrado nacionalmente en multitud confederal de regiones, comarcas, etnias y sindicatos.
Ese ataque en común que han hecho al libre mercado, culpando al capitalismo del cambio climático, era lo último que quedaba por oír en el interminable rosario de sandeces que haya podido articularse nunca sobre las determinantes de las variaciones climáticas a lo largo de los tiempos; aunque justo es reconocer que la interpretación populista de estos dos personajes procede, por línea directa, de la idea de que es el libre y no controlado comportamiento del hombre sobre la faz de la Tierra la causa del problema climático.
Consideradas así las cosas, tal como se hizo en el Panel del Clima montado por las Naciones Unidas; constitucionalizado en Kyoto, como causante de todo, el principio de que el CO2 emitido a la atmósfera desde la revolución industrial y la sociedad de consumo, especialmente por el uso del automóvil y del motor de explosión; distribuida según la hipótesis alemana (la que era Alemania del Este cotizó como país subdesarrollado) el criterio de distribución de la carga con que financiar la limpieza de la atmósfera para poner fin al "efecto invernadero"; aprovechada por Francia la ventaja del estatus energético propio de su inmenso parque nuclear; utilizada por Rusia el inmenso potencial de energía "menos sucia" representado por su fabulosa riqueza gasística, y sumadas a estas posiciones de los semigrandes el compartido interés chino-norteamericano en difuminar, disminuir y aplazar el desembolso de sus respectivos óbolos en el mercado de los "derechos de emisión" ., reunido todo ello,
se ha conformado un sistema global de aceptación en el que se ha renunciado a identificar y sopesar otras causas del riesgo climático. Así, las manchas solares y la actividad volcánica.
Aunque hay más. Se ha operado el juego de manos consistente en involucrar el problema medioambiental en la dinámica del cambio climático. Lo que resulta muy grave, porque el problema medioambiental - en lo que tanto tiene que ver el hombre - se puede resolver de alguna. Pero el cambio climático, si efectivamente existe, no hay quien lo pare. En el fondo, aunque no muy profundamente, lo que se avizora más allá de los intereses concretos de determinados países y de las grandes potencias, aquello que existe es eso apuntado contra la libertad económica y contra las libertades individuales. Si algo faltaba para ponerlo de manifiesto, ahí están los alegatos de esas dos lumbreras anti hispánicas del Siglo XXI, con socialismo de ocasión y con su totalitarismo rampante.

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