Nada ha sido normal, y mucho menos convencional, en las últimas elecciones bolivianas. El hecho mismo de que el 60 por ciento de los votos conseguidos por el presidente Evo Morales coincida con el propio porcentaje de la población amerindia, mayoritariamente aglutinada en torno a los Quechuas y los Aymaras (a esta etnia pertenece el triunfador) señala muy enérgica, casi violentamente, que la de Bolivia ha devenido en una democracia nacionalmente descoyuntada.
Se ha llegado a esta situación por medio de un proceso de reformas y cambios realizados, con la apisonadora populista, en el curso del primer mandato de Morales. Antes que después se comenzará a decir que el mundo asiste, y los bolivianos antes que nadie, al proceso de deconstrucción de una patria multiétnica y plural, asimétrica y profundamente injusta si se quiere, y al establecimiento de otro estado de cosas, en el que no está garantizada en modo alguno una justicia y un bienestar mayores de los que hasta ahora había. Y mucho menos, niveles de libertad parangonables con los propios de las genuinas democracias al uso; es decir, esos modelos demoliberales que el populismo ambiente aborrece y condena a cada dos por tres, como el propio Evo en el curso de esta campaña electoral y como glosa ideológica de su apabullante victoria. Que lo sería más de haberse producido sobre fundamentos distintos que los habidos.
Además de considerar el imprevisible resultado que tendrá a corto y medio plazo la molturación de los cauces representativos en el modelo político boliviano, aparte de su sombra en el balance de la consulta habida ahora, debe comenzarse por advertir que el escenario que ha presidido la consulta electoral ha sido el de una oposición encarcelada o acosada por el Estado, en lo personal, y suicidamente escindida en lo político, tal como ocurrió en las últimas elecciones de Nicaragua, con el regreso de Daniel Ortega y el sandinismo al poder; con unas FFAA purgadas o depuradas allí donde los mandos eran desafectos o no sintónicos con el Gobierno de Morales, mixto de marxismo e indigenismo conforme la receta que cursaba. Y todo ello, en fin, envuelto en el analfabetismo masivo de la base electoral mayoritaria y con la presión regional del chavismo.
En este último sentido, conviene reparar en la condición que tiene el proceso político boliviano de punta de lanza de algo más amplio que lo ahora sucedido. El indigenismo es el recurso dialéctico utilizados por los herederos de la "revolución pendiente" del castro-comunismo iberoamericano. Se trata de algo que va más allá del simple populismo en que se encuentra instalado ahora el aglutinante chavista, como reverdecido discurso antiyanqui propio de los años 60, y sobre lo que volveré .
Pero ahora lo que urge es avizorar a dónde pueden conducir, más de inmediato, estas urnas revolucionarias de Bolivia, sobre todo cuando acabe de hacer crisis la bonanza en los altos precios de los hidrocarburos. Mientras hubo qué repartir cupo sembrar para recoger la cosecha de ahora. Las cosas no van a seguir así. Y sabido es, cuando no hay harina todo es mohína.

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