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Apuntando a las urnas

José Javaloyes

   miércoles, 09 de diciembre de 2009

La solución de los problemas militares que se presentan en el curso de las guerras pueden relacionarse tan profundamente con las cuestiones políticas - de los países que se encuentran en campaña - como para resultar decisiva sobre éstas. A tal clase de solución parece apuntar el discurso pronunciado por el presidente Obama en la Academia de West Point, cuando ha precisado cuántos soldados (30.000) enviará a Afganistán antes de estas Navidades, como refuerzo al orden de los 70.000 desplegados actualmente allí, y en qué plazo (julio de 2011) comenzará la retirada del conjunto de las involucradas desde hace ocho años en aquel escenario bélico. El juego de las fechas, como se ha podido advertir, aparece combinado con el calendario para la repatriación total de los efectivos que se desplegaron en la guerra de Iraq.

El íntimo sentido político de esta relación de plazos para el fin de ambas campañas norteamericanas en Asia - con distintos niveles de implicación de la OTAN - aflora nítidamente en su proyección sobre el ciclo político norteamericano, al resolverse y rendir aguas en el horizonte las siguientes elecciones estadounidenses, donde Barack Obama optará a su revalidación en la Casa Blanca.

Desde la ética y la perspectiva mental del pacifismo cursante en muchas sociedades occidentales, y muy especialmente en España, se produce una percepción agostada de los nexos profundos existentes entre lo político y lo militar, hasta el extremo de perderse muchas veces la propia noción de que una y otra cosa, desde Julio César hasta Clausewitz, resultan inseparables. Al punto de que días atrás, a propósito de otra cuestión muy próxima a ésta, consideraba el hecho de que muchas veces resulta obligado considerar que la política es también, inversamente, la continuación de la guerra por otros medios.

De algún importante modo, los conflictos de Afganistán y de Iraq, han tenido y tienen, menos en Estados Unidos que en su entorno occidental, una traducción netamente beligerante en la política de los partidos; aunque mucho más en España y en alguna que otra nación de Europa que en los propios Estados Unidos. Pero aun siendo así, la resultante política del debate sobre la guerra, tiene un peso relativo relativamente mayor en la primera democracia del mundo. Y es de tal manera porque, en lo ideológico, la diferencia entre los partidos más relevantes es infinitamente menor que en Europa, donde la izquierda real tiene un peso sustancialmente mayor. Es aquí y no allí donde cursa la contraposición de los paradigmas democráticos, el de la democracia para la libertad y el de la democracia para la igualdad. Y es asimismo eso lo que tensa la cuerda, hasta hacer saltar en ocasiones la propia convivencia política por los aires.

De las muchas lecturas y perspectivas que tiene la guerra de Afganistán, primordialmente desde su origen por causa de los atentados del 11-S, que llevaron la respuesta norteamericana hasta aquel espacio crítico de Asia, es la lectura doméstica de EEUU lo que más peso político de retaguardia presenta. El castigo militar a la nación anfitriona de Al Qaeda fue la parte primera del problema, que se resolvió casi del todo siete años atrás, pero fue victoria que luego se dilapidó por la corrupción y la ineficacia del Gobierno de Kabul. Por eso Obama ha venido a decir también en West Point que para ganar la guerra de Afganistán ha de lograrse la victoria política allí. Si no fuera así podría Obama no ser el presidente reelegido.

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