Encaja a la perfección en este tiempo de piratas esa pretensión británica de que las patrulleras de la Guardia Civil no penetren por las aguas aledañas al Peñón, tal como siempre hicieron en la persecución del contrabando de menudeo y cotidiano cuando lo había, y ejerciendo los derechos de soberanía cuando corresponda, porque soberanas y de España son esas aguas conforme a la ley; que en este caso es la que se deriva del Tratado de Utrech.
La sombra de la Union Jack, conforme tal base legal, da sombra solamente a las aguas del puerto gibraltareño, y tampoco alcanza el territorio donde se encuentra el aeropuerto de la colonia, la franja del istmo, puesto que fue prestado por España para que allí se confinaran los afectados por la peste que a mediados del siglo XIX (1854) padeció la colonia. Los tránsitos, el patrullaje, las penetraciones de las embarcaciones costeras de la Guardia Civil expresan la resistencia legítima de España a la apropiación británica de un espacio marítimo propio.
Otra nota trasmitida por la Embajada británica al Gobierno español el 18 del pasado mes de septiembre, después de retener dos de nuestras patrulleras, fue comunicación en la que además de exponer la referida pretensión - contra lo que denominaba "incursiones" -, incurría en la avilantez de considerarlas "violación de la soberanía británica"; pero la cosa llegaba al colmo cuado afirmaba que dañan la colaboración entablada con España en el Foro de Diálogo Tripartito.
Sólo faltó entonces, aunque todavía están en tiempo de hacerlo, devolver el regalo que la diplomacia española hizo al Reino Unido al atribuir condición de parte a la grey británica que pastorea el señor Caruana; con lo cual, pasa la interlocución del plano de la paridad, del uno frente al otro, a otra relación, desigual y desventajosa para España, de uno contra dos. Con la añadida agravante de otorgar a los gibraltareños la condición de sujeto internacional, que no aparecía por ningún espacio temático del Tratado de Utrech, único soporte jurídico de la presencia colonial británica en el Peñón.
A lo que se ve, la parte británica, apurando la lógica y la dinámica implícita en la aberrante concesión que se hizo al Reino Unido cuando se sentó en la mesa al rabadán de los llanitos, y luego traspasó la verja el inefable Moratinos, entendió Londres que era llegado el momento de dar otra vuelta de tuerca a la expansión colonialista en el Campo de Gibraltar y en sus entornos. Por parecido camino sólo faltaba ahora que esta expansión alcanzara la tercera de sus dimensiones; es decir, que siguiera sobre las aguas y a la anexión añadida por tierra firme, con la ocupación del istmo, la reclamación del derecho de vuelo sobre el espacio conjunto, para desde ahí añadir y colgar la demanda de un derecho de paso que garantizase la libre entrada y salida de los aviones a través del espacio aéreo español. Para que así éste nunca volviera a cerrarse, en réplica a cerrazones y abusos, como en los tiempos en que la diplomacia española estaba dirigida por Fernando María Castiella.
Tal y no otro es el tapiz de fondo sobre el que se dibuja el ametrallamiento británico de los colores nacionales desplegados sobre una boya; los colores más visibles en la mar desde los tiempos de la Corona de Aragón. Y sobre todo, añade desazón, en un horizonte de litigio formal anglo-español, el hecho de que una británica, lady Ashton, sea la responsable de la política exterior de la UE.
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