Este artículo se publicó en el número 5 de Revista Atenea
China e India deben de ser cada vez más tenidas en cuenta en términos geoestratégicos como potencias nucleares que son y con ambiciones cada vez más globalizadas. En términos geoeconómicos son también dos de las potencias emergentes más dinámicas del mundo, y las primeras economías asiáticas en términos de crecimiento, con un 10% y un 9,2% respectivamente en 2006, aunque han caído al 9% y al 7% por efectos de la crisis global y que podrían seguir bajando. Ambas necesitan energía que no producen para mantener su crecimiento en dos mercados que suman 2.500 millones de habitantes, el 40% de la población mundial.
En febrero, durante su primera gira asiática como Secretaria de Estado de los EEUU, Hillary Clinton ha tenido en China su etapa más difícil: aparte de las dificultades políticas en torno a Taiwan, Tíbet o los derechos humanos, cuestiones geoeconómicas como las diferencias comerciales o geoestratégicas, así como la gestión del programa nuclear norcoreano estuvieron encima de la mesa. China resolvía el 21 de julio de 2008 sus tensiones fronterizas con Rusia, con la que comparte 4.300 kilómetros de frontera terrestre, tras cuatro décadas de tensión y ello permitía a ambas potencias acercarse aún más en el contexto de su oposición al escudo antimisiles patrocinado por el Presidente George W. Bush. Además, Pekín mantiene su relación estratégica con India en momentos en que Nueva Delhi se acerca progresivamente a los EEUU. Por último, y en términos más globales, China proyecta cada vez más su presencia en el Índico y el Pacífico defendiendo una vía crucial para su comercio -reflejo de ello es su reciente envío de unidades navales al Golfo de Adén para combatir la piratería-, y muestra su empuje tecnológico con el primer paseo espacial realizado el pasado septiembre desde la nave "Shenzhou II".
India, que el 26 de enero celebraba el 60º aniversario de su independencia aún consternada por los ataques terroristas de Bombay, ve enrarecerse unas ya de por sí difíciles relaciones con el vecino Pakistán, avanza en términos militares (el 20 de enero probaba con éxito el misil nuclear de fabricación indo-rusa 'Brahmos') y tecnológicos con el lanzamiento en noviembre de una sonda lunar y consolida sus relaciones con los EEUU en materia nuclear. El acuerdo nuclear indo-estadounidense se confirmaba el pasado 10 de octubre tras haber autorizado el Senado norteamericano su ratificación el 2 de octubre, decisión difícil al no ser India signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear, habiendo estado sometido a embargo en dicha materia por Washington durante 34 años. Dicho acuerdo, que viene de atrás pues se supo de él durante la visita del Presidente Bush en abril de 2006, dará a India acceso a tecnología civil estadounidense siempre y cuando Nueva Delhi permita inspecciones de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) a sus 15 instalaciones nucleares civiles.
India observa con recelo los primeros pasos del Presidente Barack H. Obama, tanto por sus declaraciones sobre una posible mediación en el conflicto de la Cachemira india como porque teme un vuelco de este hacia Pakistán en el contexto de su fijación por Afganistán. En Cachemira las fuerzas indias se enfrentan a unos 800 activistas que aún desafían su autoridad por la violencia y que están encuadrados en grupos como Lashkar-e-Toiba, considerado responsable de los ataques de Bombay que provocaron 180 muertos a fines de noviembre. La creciente tensión con Pakistán pone en peligro el estimulante acercamiento bilateral iniciado en 2004, demonizado por hindúes e islamistas radicalizados que, en el primer caso abominan de las concesiones a los musulmanes, y en el segundo quieren acabar con una India abierta y democrática que cada vez se aproxima más en términos de seguridad tanto a los EEUU como a Israel. Los islamistas radicales también pretenden evitar todo posible acercamiento entre India y Pakistán con respecto al conflicto afgano: India ha incrementado mucho su ayuda al régimen de Hamid Karzai y vio volar por los aires su Embajada en Kabul en 2008, precisamente en el marco de ese intento islamista alimentado por algunos elementos de la seguridad en Pakistán que creen que un Afganistán en manos islamistas servirá bien como base de retaguardia frente a la India.
Con elecciones generales previstas en mayo de este año, el Primer Ministro indio, Mammohan Singh, tiene ante sí una delicada labor: el Partido del Congreso lidera una debilitada coalición de gobierno que debe de lidiar con una fuerte inflación y con el incremento de un terrorismo que en los últimos años ha provocado más de 4.000 muertos en el país. Aunque este último no es sólo islamista sí destacaremos que el terrorismo yihadista representa la principal amenaza en un país que cuenta con 140 millones de musulmanes y en el que pretende agudizar los enfrentamientos interreligiosos, como los que en 2002 costaron la vida a un millar de personas en enfrentamientos entre hindúes y musulmanes.
En lo que a las relaciones entre China e India respecta, y aunque ambos países rivalicen en determinados momentos en Asia Central o en el Golfo Árabo/Pérsico en términos geoestratégicos y/o geoeconómicos, es importante destacar su progresiva aproximación reflejada en múltiples dimensiones y con gestos importantes como la reapertura, el 6 de julio de 2006, de un paso fronterizo en el Himalaya, cerrado desde la guerra sino-india de 1962. Más recientemente, el apoyo indio al escudo antimisiles podría crear tensiones entre Nueva Delhi y Pekín aunque todo dependerá del ritmo que le quiera imponer el Presidente Obama.
Dos potencias a la busca de abastecedores energéticos
Si hay un ámbito que permite observar el protagonismo de China y de India ese es el de la energía. Ambas potencias son deficitarias y pugnan por firmar contratos de abastecimiento en diversas regiones del mundo. Esa frenética carrera se va a mantener además en los próximos años pues, según el Banco Mundial, China puede llegar a ser la primera potencia económica mundial en 2040 e India la segunda en 2050, y el fuerte tirón de los precios de la energía que se vivía aún a mediados de 2008 se debía en buena medida a la pujanza de ambos. Ahora, con la crisis global sobrevenida, una China que depende mucho de la inversión extranjera y de las exportaciones, está acusando la retracción del consumo en Occidente mientras que India debe de hacer frente a importantes lacras internas en términos económicos, pero previsiblemente ambas potencias recuperarán su ritmo, sobresaliendo en las próximas décadas.
Como telón de fondo del importante consumo energético de China e India el papel de los productores de hidrocarburos centroasiáticos es y será crucial en los próximos años y se añadirá al que hoy juegan los de Oriente Medio, siendo esto válido tanto para China como para India, independientemente de que este último haya apostado firmemente por la opción nuclear. Kazajstán da en buena medida respuesta a la avidez china de crudo mientras que Turkmenistán podría abastecer de gas natural a los mercados paquistaní e indio si el gasoducto a través de Afganistán ve algún día la luz.
La demanda de petróleo de una superpoblada China, que en 2006 tenía ya 1.400 millones de habitantes, se ha incrementado exponencialmente en la última década y hoy es el segundo consumidor mundial tras los EEUU. Su abastecedor tradicional ha sido Rusia que, a su vía de exportación tradicional por tren, añadirá a partir de 2015 el oleoducto Siberia Oriental-Océano Pacífico que abastecerá a China y a Japón y será el oleoducto más largo del mundo, con 4.000 kilómetros de longitud. En cuanto al gas ruso, China prevé que hacia 2011 se abastecerá a través de dos gasoductos según un contrato firmado por Gazprom con la China National Petroleum Corporation (CNPC) en marzo de 2006, durante una visita oficial del Presidente Vladimir Putin. Aparte del abastecimiento ruso, China se aproxima a otros productores conforme crecen sus necesidades. Con los que la situación geográfica lo permite se diseñan oleoductos y gasoductos, y así promociona con Kazajstán la construcción de un oleoducto de 2.900 kilómetros y ha firmado con Turkmenistán un acuerdo de cooperación de larga duración sobre el gas, asegurándose Pekín derechos de tránsito por Uzbekistán. China también compra crudo a Irán, país con el que firmó en 1998 un acuerdo para explotar reservas marítimas en la República Islámica, en China y en otros países desarrollado en los últimos años.
Junto a los vecinos citados, China se abastece en otros países más lejanos, en un amplio arco que va desde Venezuela, Ecuador, Nigeria, Angola, Sudán o Chad, como socios más visibles, hasta otros como Azerbaiyán, Canadá, Perú o Siria. Las diversas giras del Presidente Hu Jintao por Iberoamérica o por África en los últimos cuatro años son un buen testimonio de su frenética búsqueda de energía. Venezuela exporta en la actualidad 300.000 barriles de petróleo diarios a China pero va a incrementarlos hasta el millón a partir de 2012, en aplicación de un acuerdo alcanzado durante la visita del Presidente Hugo Chávez a Pekín el 25 de septiembre de 2008. En Nigeria, el mayor exportador africano de crudo, China está presente en explotaciones "offshore" frente al Delta del Níger, y en Angola financió buena parte de la reconstrucción del país obteniendo a cambio acceso a su petróleo. Más de la mitad de la producción de crudo de Sudán va a China y, precisamente, Pekín ha sido muy criticado por su apoyo al régimen de Jartum, responsable de la dramática situación en Darfur.
Pekín también ha ignorado las críticas internacionales en Asia, donde en 2007 impidió la aplicación de sanciones internacionales contra Myanmar, y ello por el efecto combinado del interés que tiene en el país como vía de tránsito de petróleo desde el Índico y por sus prometedores recursos gasísticos. Aparte de sus actividades en Indonesia, Malaisia o Camboya, las compañías chinas comienzan a hacerse visibles también en Pakistán, donde su contribución a la construcción del puerto de Gwadar, en la región del Baluchistán, cuyo subsuelo alberga recursos gasísticos, se debe al interés de Pekín por importar petróleo y gas vía Pakistán que será transportado por tierra hasta China. Por otro lado, en noviembre de 2006 China firmaba un acuerdo de cooperación nuclear con Pakistán durante una visita del Presidente Jintao a Islamabad por el que construirá al menos seis reactores a añadir a los dos también chinos ya existentes.
India, con su fuerte crecimiento económico y sus 1.100 millones de habitantes, es hoy el sexto consumidor mundial de energía, importada de Oriente Medio y en especial de Arabia Saudí, y su consumo se duplicará en 20 años. Hoy por hoy India sólo produce el 3% de su energía y se espera que llegue al 25% en 2050 instalando en los próximos doce años al menos otros siete reactores nucleares para alcanzar un total de 22, optando por dicha energía ante la ausencia de reservas propias de hidrocarburos. Como mientras tanto tendrá que seguir importando hidrocarburos, trata de crear una red de infraestructuras de acceso y transporte y asegurarla frente a posibles conflictos y su avidez energética le lleva a fijarse, como China, en países lejanos como Venezuela o Sudán, a añadir a su lista de abastecedores como Arabia Saudí, Irán o Rusia. Prioriza igualmente a Asia Central. India desea tener acceso al petróleo de Kazajstán y estar presente en los dos megaproyectos que se vienen vislumbrando en la región: el oleoducto Irán-Afganistán-Pakistán-India y el gasoducto Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India.
India recurre a su reputada habilidad diplomática tratando de que su reciente aproximación a los EEUU no afecte negativamente a sus relaciones con Rusia, Irán y China. Así, cuando en abril de 2006 comenzó a rumorearse que la base aérea india compartida con Rusia de Ayni, en Tayikistán, era ya operativa, creció la inquietud en Pakistán y en Occidente, pero el Gobierno indio lo explicó como reflejo de su interés por Asia Central, manifestado desde 2003, para contribuir a la seguridad de Afganistán-India destina allí la mitad de su ayuda total exterior, 430 millones de euros en 2006- y participar en el reparto energético.
A mediados de los noventa la compañía estadounidense UNOCAL vislumbraba un gasoducto entre Turkmenistán y Pakistán atravesando Afganistán, donde la estabilidad impuesta por los Talibán desde 1996 podía hacer viable la obra. Cuando en 1998 los EEUU atacaron bases de Al Qaida en Afganistán tras los atentados terroristas contra sus embajadas en Kenia y Tanzania, el proyecto cayó en el olvido. Tras la caída de los Talibán, los Presidentes de Turkmenistán, Afganistán y Pakistán firmaron en diciembre de 2002 un acuerdo de principio para construir el susodicho gasoducto e invitaron a India a unirse al mismo, aprovechando el nuevo clima de deshielo que empezaba a darse entre Nueva Delhi e Islamabad. A fines de 2003 el Banco Asiático de Desarrollo (BAD) consideró viable la propuesta por su interés regional siempre que abasteciera al mercado indio. Ello permitía abrir la fase de licitación y ejecución del proyecto, pero la inestabilidad afgana ha impedido acometer con garantías la obra frustrando las expectativas indias.
En su intento de integrarse en las posibles iniciativas que conecten Asia Central con el subcontinente indio sin involucrar a Irán, Nueva Delhi ha estado apoyado por Washington, que ve en la presencia india un contrapeso a Rusia y a China. India ha mantenido relaciones con Irán basadas en el pragmatismo y se ha abastecido de su petróleo. Pero a partir del 2 de febrero de 2006, cuando India votó por primera vez en línea con los EEUU y la UE a favor de una resolución dura contra Irán, el clima de las relaciones bilaterales comenzó a enfriarse y más aún lo hizo cuando India apoyó el proyecto estadounidense del escudo antimisiles. Por otro lado, el acuerdo nuclear indo-estadounidense es una verdadera opción estratégica que hará menos dependiente a India de sus abastecedores de crudo abriendo a India amplios horizontes de cooperación en materia nuclear con países como Rusia, Australia o Francia.
Carlos Echeverría Jesús
Profesor Contratado Doctor de Relaciones Internacionales de la UNED

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