El anuncio de la retirada de Mahmud Abbas, renunciando a ser candidato en las elecciones presidenciales y legislativas palestinas del próximo 24 de enero, y la filtración desde círculos políticos libaneses de que se habría alcanzado un acuerdo para formar gobierno de unidad nacional reforzando de nuevo el protagonismo de Hizbollah, hacen temer de nuevo una vuelta al escenario de 2006 en la región. Aquel aciago año la victoria electoral de Hamas en las elecciones palestinas, en enero, y la no derrota de Hizbollah en su enfrentamiento con Israel, en agosto, inauguró ya de forma clara un escenario en el que dos actores no estatales pasaban a tener, lamentablemente, un papel cada vez más importante alejando aún más el horizonte de la paz regional.
La renuncia del Presidente palestino a presentarse a la reelección, hecha pública el 5 de noviembre, no parece una estrategia electoral sino el resultado de su agotamiento político y personal en un escenario imposible. Hamas controla Gaza y quiere imponer sus reglas en las elecciones; las mediaciones egipcia y saudí ni pretenden ni podrían moderar a los islamistas radicales; el diálogo con el Gobierno israelí de Benjamín Netanyahu se antoja casi imposible empantanado ante una cuestión sensible como es la de los asentamientos; y, finalmente, el siempre prometido empuje internacional brilla por su ausencia. Aunque todos los factores citados son importantes, es indudable que la división interna palestina debilita todo intento de avance negociador pues ata las manos de Abbas e incrementa la desconfianza y el fatalismo de terceros.
Por otro lado, las ambiciones de Hizbollah - que son también las de Irán - contribuyen aún más al inmovilismo. El Partido de Dios libanés, que era el destinatario de toneladas de armas y munición interceptadas por comandos de la Marina israelí cuando eran transportados hacia la región en un barco con bandera de Antigua el 4 de noviembre, va a ser parte del Gobierno libanés y su influencia va a volver a sentirse en toda la región. Ya se avanza que el menos 10 de los 30 ministros del Gobierno libanés en ciernes pertenecerán a la coalición opositora que controla Hizbollah, y los dirigentes de este grupo son cada vez más conscientes de su peso, alimentan la animadversión contra Israel y esperan que con la salida estadounidense de Irak se reduzca aún más la presencia del actor occidental por antonomasia para así reforzar su avance.
Aunque de todo lo dicho parece deducirse que el fatalismo triunfa ello no debe de ser así. El Congreso de Al Fatah en agosto - el primero celebrado en veinte años - dibujó algunos liderazgos que podrían ser útiles para reemplazar a Abbas si este se retira o para reforzarle si al final decidiera quedarse. Obsesionarse como hacen occidentales y algunos árabes por la reconciliación palestina supone parálisis y además hay que tener las ideas claras sobre lo que Hamas representa. Por otro lado, en Líbano hay otras fuerzas aparte de Hizbollah que deben de ser apoyadas en la arena política con la vista puesta en reducir la influencia de un enemigo declarado de la paz y dinamizador de la radicalización. Todo ello supone esfuerzo político jugando bazas con valentía para combatir el anquilosamiento y la corrupción de algunos que, no lo olvidemos, lleva años alimentando el peligrosísimo mesianismo de otros.

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