El fallecimiento de D. Sabino Fernández Campo ha tenido un reconocimiento social y mediático de primera magnitud, como corresponde a la categoría de una persona, que ya pertenece, por méritos propios, a la Historia reciente de España, como uno de sus hijos más ilustres.
Desde el mundo político, académico, cultural y social, han sido innumerables las voces que han elogiado la figura del General Fernández Campo, y descrito detalladamente su larga trayectoria al servicio de España, desde diferentes puestos, todos de gran responsabilidad y en situaciones muy difíciles. Quizás su lealtad a la Corona sea la característica de su actividad que más se haya destacado.
Pero tampoco nadie ha olvidado que el Teniente General D. Sabino Fernández Campo, perteneciente al Cuerpo Militar de Intervención, hizo notar, en cualquier situación, que las virtudes y valores que han acompañado siempre a la profesión militar, eran en él honroso hábito.
Aún perteneciente por razón de edad a una generación anterior a la mía, tuve el placer y el honor de conocer personalmente a D. Sabino, e incluso de compartir algunos momentos en su compañía. Estando con él, la serenidad te rodeaba; y conversar con él, era recibir a través de sus palabras, la sabiduría culta y sencilla de sus conocimientos.
Me lo he encontrado a menudo, en el Paseo de Recoletos, cerca de su domicilio, antes de que la Plaza de Colón y su entorno, se hayan convertido en una fiel reproducción de las trincheras de Verdún. Un saludo afectuoso y ligeros comentarios sobre la actualidad bastaban para disfrutar del momento. Porque el General Fernández Campo, a pesar de su aspecto serio, desbordaba humanidad, y hacía gala de una fina ironía. Y en ello me voy a centrar, contando una anécdota, que compartimos y que recordamos en más de una ocasión.
Habíamos sido invitados, junto a otras personas, a una entrega de premios, (no recuerdo de qué), en un excelente hotel de Madrid. Como buenos militares, habíamos llegado con bastante antelación al acto, y nos sentamos a esperar, sentados en uno de los salones del hotel. Nos ofrecieron unos refrescos que aceptamos. Seguidamente se acercó un camarero con una bandeja, rogando que aceptáramos un aperitivo. Tardamos unos segundos en reaccionar, porque lo que se nos ofrecía nos dejó algo perplejos. Perfectamente ordenadas en la bandeja se alineaban unas espinas de sardina, que convenientemente fritas, se ofrecían para ser degustadas.
D. Sabino me hizo una seña, y nos servimos una pieza cada uno. Cuando el camarero se alejó, me dice mi ilustre compañero: "Nos han visto cara de Carpanta. Los lomos de las sardinas en la cocina, y nosotros degustando las "raspas". Deben ser cosas de la "nouvelle cuisine". Probémoslas". Y la verdad es que estaban sabrosas.
Yo podía haber hablado, con mejor o peor fortuna, de los valores y virtudes del Conde de Latores, con un lenguaje más solemne. Pero mi sincero homenaje he decidido plasmarlo con esta anécdota, que a buen seguro, habrá hecho sonreír, desde el más allá, a este hombre excepcional.

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